2026-03-14 09:09:46 - MUNDO
El verano se asienta sobre la piel y vuelve espesa la respiración. Han pasado pocos días desde la luna llena y el mar Caribe se enciende como si supiera que esta noche no estamos aquí por coincidencia. Somos varios voluntarios alistando máscaras y aletas en la franja de la costa para cazar un instante que debería ocurrir con una puntualidad casi ritual: el desove del coral cuerno de alce (Acropora palmata).
Bajo el agua, sus ramas se anclan al sustrato y empujan hacia arriba, como queriendo tocar el cielo de Cozumel, una isla mexicana ubicada frente a la península de Yucatán. El único paisaje es el que iluminan nuestras linternas. Un túnel de luz ámbar rescata de la oscuridad de la noche la textura de los cuernos de alce a punto de soltar paquetes de gametos –óvulos y espermas– que se supone subirán a la superficie como una nieve rosada. Esperamos. Pasa una hora. Pasan dos. Pasan tres y no pasa nada.
Esa ausencia, repetida noche tras noche, es el principal hallazgo de ocho años de monitoreo in situ que revelaron que uno de los corales más emblemáticos del Caribe, el coral cuerno de alce, ha perdido la sincronía que sostiene su reproducción sexual en Cozumel. En vez de un desove simultáneo —decenas de colonias liberando gametos al mismo tiempo para que haya fertilización—, los investigadores documentaron una casi completa ausencia de desove, con apenas señales aisladas de “preparación” (setting) y sin eventos simultáneos entre colonias, lo que vuelve inviable incluso la fertilización asistida.
La investigación, publicada en octubre de 2025 en la revista científica Diversity, fue encabezada por Johanna Calle Triviño, miembro de la iniciativa Wave of Change, en colaboración con Ernesto Arias González, del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional, junto con organizaciones locales y voluntarios. El equipo siguió a 33 colonias en tres playas públicas al oeste de la isla —La Caletita, Tikila y Playa Corona— durante las ventanas críticas del verano.
El protocolo fue implacable: inmersiones nocturnas durante agosto y septiembre, entre el atardecer y la medianoche, en las noches siguientes a la luna llena. Para descartar que el coral simplemente hubiera dejado de producir gametos, los investigadores también analizaron el tejido interno de los corales. Los resultados son contundentes: por dentro el coral sí madura, el problema es que las colonias parecen haber entrado en “modo de supervivencia” destinando su energía a resistir el estrés en lugar de reproducirse.
La consecuencia es brutal y a la vez sencilla. En Cozumel, las colonias ya no forman las crestas continuas que caracterizan a la especie. Las colonias sobrevivientes están separadas unas de otras y enfrentan un cóctel de estrés producido por la luz artificial nocturna, anomalías térmicas, sedimentación, calidad del agua, además del daño directo por la pesca, el oleaje y el cuerpo humano que pisa sobre el arrecife. Si el cuerno de alce deja de reproducirse, el arrecife envejece en silencio: sigue en pie, pero pierde continuidad y biodiversidad. Sin corales, con el tiempo, las comunidades costeras pierden la defensa natural que las protege de los huracanes.
Debido a una drástica disminución poblacional, de más del 95 % desde los años 80, la especie está catalogada en Peligro Crítico por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Los expertos advierten que para salvar estos arrecifes no basta con proteger colonias individuales, sino que se necesita restaurar las condiciones ambientales para la sincronía reproductiva. Desde lo local, llaman urgentemente a mitigar la luz artificial, amortiguar el daño físico a las colonias, mejorar la calidad del agua y realizar restauraciones sexuales para aumentar la densidad de las colonias y devolverles la capacidad de reproducción.
A Johanna Calle la deslumbró la inmensidad del mar durante un viaje con sus abuelos. Estudió biología marina en la Universidad de Bogotá —a 2600 metros de altura— convencida de que dedicaría su vida a estudiar mamíferos marinos. No fue hasta que cursó una materia sobre corales que se obsesionó con estos “fascinantes” organismos. “Ya qué mamíferos ni qué nada, lo que yo quería era vivir en las ciudades submarinas que son los arrecifes de coral”, recuerda.
La analogía urbanística no es casualidad. En arquitectura, la “piedra angular” es la que corona un arco y lo mantiene de pie: si se elimina, la estructura colapsa. Con esa idea, el ecólogo Robert T. Paine acuñó el término “especie angular” para referirse a un organismo que no sólo está en el ecosistema, sino que lo sostiene.
El coral cuerno de alce porta el apodo de “el arquitecto del arrecife” por razones visibles: sus ramas actúan como la infraestructura viva que sirve de hogar, refugio y barrera protectora para la biodiversidad. Si desaparece, no se pierde solo una especie, se pierde el andamiaje del que dependen muchas otras.
A pesar de su importancia ecológica, su reproducción no es sencilla. El Acropora palmata es hermafrodita: produce óvulos y espermas que libera en paquetes de gametos. Por dentro, cada pólipo —el coral individual dentro de la colonia— se prepara para la liberación. Por fuera, el desove, lejos de ser un acto privado, es un concierto colectivo: el cuerno de alce tiene mecanismos que le impiden fecundarse a sí mismo y necesita que sus gametos se encuentren con los de una colonia genéticamente distinta.
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El éxito depende de una “ventana” de tiempo muy pequeña: la liberación de los gametos ocurre una sola noche al año, durante el verano, entre agosto y septiembre, de dos a 10 días después de la luna llena y los gametos sólo sobreviven alrededor de una hora en la superficie. De ese improbable encuentro nacen larvas diminutas –plánulas– que derivan en la columna de agua hasta hallar un espacio adecuado para asentarse y empezar a construir el arrecife.
“Es un proceso complicado”, dice Calle. “De cada millón de gametos liberados, quizás uno llegará a la adultez”, estima. El resto se pierde en el océano, se diluye, lo devoran, lo arrastran las corrientes o no encuentra un lugar apto donde asentarse que esté libre de algas, depredadores o sedimentos. “Es ahí donde va a pasar el resto de su vida, entonces tiene que elegir muy bien”, explica la experta.
Los estresores que afectan a los corales de Cozumel, particularmente al cuerno de alce, pueden dividirse en factores globales y presiones locales. Estos estresores actúan de manera conjunta, poniendo en jaque a las colonias que son empujadas a entrar en “modo de supervivencia”, priorizando la reparación de los tejidos por sobre la reproducción sexual.
Los factores de carácter global están estrechamente relacionados con el cambio climático. Los investigadores concuerdan en que el aumento en la temperatura superficial del mar es un factor crítico que causa estrés térmico, el cual puede anular la captación de las señales de luz y de marea necesarias para el desove. Además de provocar el blanqueamiento del coral.
Como todos los organismos vivos, los corales se desarrollan si están a una temperatura óptima. Esa temperatura iba de los 26 grados hasta los 28 o 29 grados centígrados hace tres décadas, explica la investigadora. “En 2023 registramos temperaturas de hasta 33 grados centígrados en los sitios de estudio. Es demasiado”, afirma.
Pensemos en el cuerpo humano. Nos sentimos bien entre los 36.5 y 37 grados. Con 37.5 – solo medio grado arriba – ya nos consideramos con fiebre, ilustra Calle. “Olvídese que esa noche usted va a querer reproducirse. Olvídese que va a querer trabajar. Olvídese que va a querer comer.” El ambiente del cuerno de alce no ha subido medio grado sino cuatro grados en tres décadas, afirma. “El cambio es demasiado rápido para lograr la adaptación de [casi] cualquier organismo”, concluye.
Al alza de temperaturas se suman las caídas estacionales en el nivel del mar. Estas pueden dejar a las colonias de aguas someras expuestas directamente al sol, aumentando su vulnerabilidad. Asimismo, los eventos climáticos extremos como huracanes y tormentas recurrentes causan daños físicos y la fragmentación de las colonias. Por si fuera poco, la acidificación oceánica afecta procesos fundamentales como la calcificación y la reparación de los tejidos, indica el estudio publicado en Diversity.
En paralelo a los estresores globales, existen factores locales que juegan un papel fundamental en el colapso reproductivo del coral cuerno de alce en Cozumel. La isla tiene cerca de 85 000 habitantes, pero en ella está el puerto de cruceros más concurrido del país. En 2025, 1300 cruceros con 4 732 250 pasajeros llegaron a este lugar, de acuerdo con datos de la Administración Portuaria Integral de Quintana Roo (APIQROO).
Así como la luna llena le indica a esta especie de coral que es momento de liberar sus gametos en sincronía, la luz artificial nocturna desmantela esta conexión. Según el estudio, la contaminación lumínica proveniente de hoteles, embarcaciones y muelles es causa directa del colapso reproductivo. “Para mí, la luz es uno de los desencadenantes [de este proceso] pero no es el único”, advierte Calle.
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El documento también menciona el daño mecánico directo por parte de bañistas que usan a los corales como “escalones” para entrar y salir del mar, al igual que el enredo con artes de pesca que afectan la integridad de algunas colonias. Sin embargo, este tipo de daños son previsibles en una isla donde el acceso público a la costa es limitado y el uso recreativo de la población local se concentra en pocos puntos.
Germán Méndez lleva más de 40 años viviendo y buceando en Cozumel. Es biólogo marino, pionero en restauración coralina y fundador del Cozumel Coral Reef Restoration Program. Su voz es una de las más autorizadas para contar la historia de los arrecifes cozumeleños y su deterioro, especialmente el asociado al turismo masivo. Para el biólogo, “los cruceros han sido un lastre para Cozumel y han afectado todo su entorno ecológico”.
Desde la década de los 80, la enfermedad de la banda blanca (White Band Disease) ya asediaba a los corales del Caribe. Méndez, coautor del estudio, la identifica como una de las causas históricas principales del declive del Acropora palmata en la región. En conjunto con otros factores, las enfermedades han contribuido a una reducción del 95 % de las poblaciones de esta especie en el Caribe.
El golpe más reciente llegó a Cozumel en 2018, con la enfermedad de pérdida de tejido de coral pétreo (SCTLD, por sus siglas en inglés), indica el biólogo. Es una enfermedad agresiva que, cuando se instala, avanza como una frontera móvil de tejido muerto. Méndez asegura que la enfermedad llegó a través de los cruceros y el efecto fue fulminante: en apenas un año mató al 60 % de los corales de la isla. Pero para él el problema más abrumador no es una sola enfermedad, sino el desgaste crónico que impone un modelo turístico que rebasa la infraestructura y termina filtrando sus desechos al mar.
“Cozumel es una isla que nada más mide 60 kilómetros de largo por 12 kilómetros de ancho y no tenemos la infraestructura para recibir turismo masivo. Aunque lo quieran pintar así, eso no es cierto”, agrega. Investigaciones académicas señalan que, en un viaje de siete días, un crucero con 3000 pasajeros puede generar 794 000 litros de aguas negras, 3 780 000 litros de aguas grises, 94 500 litros de agua con aceite y ocho toneladas de residuos sólidos. Todo esto ejerce una fuerte presión sobre la infraestructura de la isla y sus ecosistemas.
El señalamiento complementa al de Calle: lo más preocupante no es solo la temperatura, sino también la calidad del agua. La investigadora menciona que la contaminación por nutrientes —asociada a la escorrentía de aguas residuales— y por hidrocarburos —vinculados, entre otras fuentes, al intenso tráfico marítimo— empuja a los corales a un estado de estrés crónico que altera funciones hormonales básicas, incluida la reproducción. Esto explica por qué en lugares con alta presión humana, como Cozumel, el desove sincronizado ha colapsado por completo.
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Un estudio llamado “El lado obscuro del turismo de cruceros en Cozumel” (sic) señala que un crucero de aproximadamente 3000 pasajeros consume al día lo que 12 000 coches. Pero estos miles de litros no son gasolina convencional sino “fueloil”: un combustible prohibido en tierra por ser 100 veces más tóxico dada su alta concentración de azufre. Según Méndez, las embarcaciones mantienen sus máquinas encendidas las 24 horas, lo que genera una contaminación constante tanto en el agua como en el aire.
Las enfermedades, la contaminación y el estrés generalizado reducen las colonias y las debilitan dejándolas demasiado dispersas las unas de las otras para sostener un desove exitoso, explican los científicos. A esto se le conoce como “efecto Allee”. En un coral que necesita sincronía y comunidad para que sus gametos se encuentren, la baja densidad convierte la reproducción en una ruleta improbable: aunque algunas colonias estén vivas y listas, las condiciones del océano las limitan al celibato.
Salimos del agua cerca de la medianoche. El paisaje marino es sombrío: la luna brilla, el mar está a oscuras. La costa sigue igual: focos prendidos, motores y música lejana. No vimos el épico concierto subacuático que esperábamos. Lo que sí vimos fueron calamares (Sepioteuthis sepioidea), peces león (Pterois volitans) y morenas (Muraenidae); ninguna especie que reemplace el papel de los Acroporas. El ambiente es de desánimo. Son ocho años sin ver el espectáculo. Lo sorprendente es que Johanna Calle y Germán Méndez sigan viniendo. Quizás la escena es tan impresionante que vale la pena intentarlo todo para volver a verla.
Jamaica vio morir cerca del 97 % de sus colonias de Acropora palmata tras un evento de blanqueamiento masivo en 2023. Habiendo perdido su barrera natural contra el oleaje, la isla se encontraba a merced de otra consecuencia del cambio climático: el aumento en la fuerza y frecuencia de eventos meteorológicos extremos. Así, cuando el huracán Melissa tocó tierra en octubre de 2025, se convirtió en la tormenta más devastadora en la historia de Jamaica.
Los modelos de atribución climática indican que un evento de ese calibre fue cuatro veces más probable por el calentamiento global. En tierra, la destrucción fue casi total, con vientos de hasta 300 kilómetros por hora y pérdidas económicas estimadas en 15.6 mil millones de dólares.
Pero en el arrecife ocurrió algo que no siempre pasa con los huracanes. Melissa, dice Calle, “tuvo compasión” con el coral: su fuerza barrió material muerto, basura y macroalgas que dominaban el paisaje submarino. Donde antes había una alfombra de competencia, quedó expuesta el alga coralina costrosa —el sustrato que las larvas prefieren para asentarse— como si el fondo hubiera sido preparado a mano. Dos semanas después del paso de la tormenta, investigadores observaron corales juveniles aprovechando el espacio.
Fue así como el 3 % los corales sobrevivientes —un puñado de individuos termotolerantes y extraordinariamente resilientes— quedó como semilla para intentar recomponer lo perdido.
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Jamaica también dejó otra lección: en los santuarios marinos comanejados por la comunidad y los sectores público y privado, la vigilancia y la reacción fueron más ágiles que en áreas extensas sin monitoreo constante, como podría estar ocurriendo en el Caribe Mexicano. “[En Jamaica] son pequeñas áreas marinas protegidas, fáciles de vigilar con apoyo del sector público, privado y la comunidad. No como acá en la Reserva de la Biósfera del Caribe mexicano”, indica Calle.
En Cozumel, sin embargo, no hace falta esperar a que un huracán “limpie” el arrecife para abrir un portal de esperanza. Las condiciones que el coral necesita —ciclos de luz natural, agua sin contaminantes, espacio libre de macroalgas y densidad coralina para que la comunidad exista— se pueden decidir desde tierra. “Este es un momento crucial aquí en Cozumel”, dice Germán Méndez. “Creemos que todavía estamos a tiempo de actuar mediante cambios en políticas públicas y una gestión activa de conservación y restauración. La ventana de oportunidad se está cerrando, pero algunos siguen vivos en nuestras costas; salvémoslos antes de que sea demasiado tarde.”
Esta nota se publicó originalmente en: https://es.mongabay.com/2026/03/mexico-coral-cuerno-de-alce-deja-reproducirse-cozumel/
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