Ormuz: los misiles alcanzan al Perú, por Mirko Lauer

2026-05-09 10:31:46 - MUNDO


Cuando los barcos de guerra de EE. UU. e Irán intercambian disparos en el estrecho de Ormuz, eso es la guerra, a pesar de que Donald Trump insiste en que la tregua continúa. Para el Perú los efectos son evidentes, comenzando con el alza de los precios del combustible. Esto no es como la guerra de Corea (1950-1953), que supuestamente nos enriqueció.

Parece que estamos en balcón frente a la guerra, pero igual sufrimos sus consecuencias. La violencia en lugares lejanos igual nos coloca en la cuerda floja diplomática. Hemos sido neutrales por decenios, pero ahora diversos participantes esperan nuestra lealtad. La compra a presión de aviones de EE. UU. es un ejemplo.

Nuestra emigración ha empezado a hacerse mercenaria por los bordes. Esto no solo en países que guerrean. También el radicalismo político civil de otros países les exige formas de ir participando a los peruanos. Así, la condición de inmigrante peruano con pasaporte se va volviendo algo más frágil. Empieza a sonar la hora de partir.

Lo anterior quiere decir problemas en los departamentos de migraciones de países dentro o en torno a las guerras. Esto se agrava cuando el Perú no tiene claro de qué lado de un conflicto se encuentra. Las cosas no son tan claras a los dos lados de una ventanilla. Repatriar peruanos en peligro no es una cosa sencilla, y menos si son muchos.

Vemos que los problemas se suman: combustible, pero también alimentos más caros, efectos psicológicos en las familias y en las personas. Temor por la estabilidad de algo que podría llamarse el orden natural del mundo. Vivíamos cómodos en la distancia establecida entre Washington y Beijing. Ahora somos parte de ese conflicto, queramos o no.

La Segunda Guerra nos obligó a deportar alemanes y japoneses, una vez que EE. UU. nos empujó hacia su esfera. ¿Qué actos parecidos nos esperan más allá de lo que estamos viendo en el estrecho de Ormuz? Una lección del pasado es que a un país de nuestro tamaño no se le permite decidir de qué lado está.

Nos conviene, entonces, estar contra toda guerra. No solo por un pacifismo ético, sino además por sentido práctico. Las guerras lejanas relativizan los problemas nacionales, los vuelven menos nacionales, si se quiere. En cierto modo también van contra ese nosotros que tanto necesitamos y que tanto nos cuesta lograr.

Fuente: google.com