Solidaridad con Venezuela

2026-06-30 01:21:29 - MUNDO


Para los mexicanos y mexicanas, las imágenes del doble sismo que golpeó a Venezuela hace apenas unos días resultan dolorosamente familiares. Aquí sabemos bien que un terremoto continúa aun cuando la tierra deja de temblar. Persiste en las noches a la intemperie, en los edificios colapsados, en el eco de las sirenas y en las listas de fallecidos y desaparecidos.

Lo vivimos en 1985 y, luego, en 2017. Un 19 de septiembre, desde un piso 20 en el centro de la Ciudad de México, aprendí a dimensionar lo que había significado 1985. Recuerdo esperar durante horas en la Alameda Central antes de poder caminar a casa y comunicarme con mi familia; recorrer la Juárez, la Roma, la Condesa, y ver edificios enteros convertidos en polvo. Recuerdo, también, esa mezcla extraña de miedo y comunidad al atestiguar la magnitud de los daños mientras el país entero se volcaba a ayudar.

Algo similar ocurre hoy en Venezuela. Una crónica de Reuters, escrita por Vivian Sequera desde La Guaira, lo retrata bien:

Cuanto más nos adentrábamos en los barrios de la ciudad —Caraballeda, Los Corales—, más devastadoras eran las escenas. En las primeras horas de la mañana reinaba un silencio casi absoluto. Pero a medida que salía el sol, el ruido de las voces aumentaba, al igual que el ir y venir de la gente. Enjambres de motocicletas transportaban ayuda y trasladaban a los supervivientes en un contexto de caos, ruido y llantos dispersos. Miles de jóvenes en pantalones cortos y camisetas, algunos descalzos o con sandalias, retiraban piedras de montañas de escombros de más de 10 metros de altura.”

Por eso, frente a Venezuela, la primera respuesta debe ser la solidaridad. Ayuda humanitaria sin cálculo ni propaganda. Agua, medicinas, comida, maquinaria, equipos de búsqueda. Todo lo que pueda aliviar, aunque sea un poco, el dolor de quienes hoy buscan a sus familiares entre los escombros. Sismos de esa magnitud, 7.2 y 7.5, ponen a prueba a cualquier gobierno. En Venezuela, además, golpean a un país que lleva demasiados años viviendo entre ruinas.

Y es que, aunque la tragedia nace de un desastre natural, no se agota ahí. Estos terremotos también dejan al descubierto las fracturas que ya atravesaban al régimen venezolano, desde infraestructura precaria hasta instituciones acostumbradas a controlar antes que a resolver. A eso se suma, por supuesto, una herida política abierta tras la salida de Nicolás Maduro. La incursión estadounidense movió algunas piezas del tablero, pero ciertamente no inauguró una nueva etapa democrática. Delcy Rodríguez conserva el control formal del poder sin la legitimidad de las urnas, mientras la oposición, encabezada por María Corina Machado, sigue fuera del arreglo político actual. Estados Unidos, por su parte, intenta presentarse ahora como garante de estabilidad. Ahí la dimensión política del desastre.

Con todo, sería un error convertir la tragedia en una disputa inmediata por el poder. Desde mi perspectiva, la responsabilidad de la oposición venezolana pasa hoy, antes que nada, por ayudar a organizar redes de apoyo dentro y fuera del país, recolectar y distribuir asistencia, acompañar a las comunidades y, en la medida de lo posible, tender puentes.

La reconstrucción venezolana será larga. Habrá que volver a levantar viviendas, hospitales, escuelas e infraestructura, pero también imaginar qué país es posible tras largos años de dictadura. Venezuela necesita ayuda urgente. Pero necesita, además, recuperar la posibilidad de definir su propio futuro. Porque las y los venezolanos necesitan recuperar la voz para decidir qué país vendrá después.

Fuente: google.com