El ascenso de la izquierda regional y el nuevo mapa de poder en el Perú, por Paulo Vilca

2026-05-09 00:18:46 - MUNDO


El proceso electoral del 2021 no debe entenderse simplemente como el ascenso accidental de un profesor chotano, sino como el síntoma de una transformación estructural en la representación política del país. La llegada de Pedro Castillo a la presidencia trajo consigo el mayor número de parlamentarios de izquierda desde la década de 1980. Agrupados inicialmente en Perú Libre y, en menor medida, en Juntos por el Perú, marcaron una ruptura política y sociológica con el pasado.

En contraste con periodos legislativos anteriores, donde la izquierda peruana estaba vinculada o era liderada por actores con trayectorias en el establishment limeño —proveniente de la academia y las clases medias ilustradas—, la representación de 2021 fue mayoritariamente provinciana. Nombres entonces poco conocidos como Guido Bellido, Silvana Robles o Jaime Quito, irrumpieron en escena con un denominador común: su distancia de los círculos de poder de la capital y su arraigo en las dinámicas regionales.

Si bien la llegada de "actores periféricos" se ha observado también en grupos de centro o derecha, es en la izquierda donde este fenómeno ha permitido avizorar una recomposición real del poder. Estamos ante una suerte de "descentralización política de facto". El contraste es nítido: frente a la izquierda capitalina cosmopolita y mesocrática, se erige una nueva ola de raigambre popular y regional.

A diferencia del Humalismo de 2006 y 2011 y del Frente Amplio de 2016, que integraron a intelectuales y tecnócratas progresistas en sus filas legislativas, la izquierda de 2021 presentó una identidad sindicalista y magisterial. Estos nuevos parlamentarios no eran rostros frecuentes en los comités directivos de las organizaciones de sociedad civil ni ocupaban espacios de opinión en los grandes medios de comunicación. En su mayoría eran dirigentes y operadores locales de sindicatos y organizaciones sociales de base con conocimiento del territorio y una capacidad de movilización que superaban con creces los sofisticados discursos ideológicos de sus antecesores.

Independientemente de las críticas sobre su desempeño, los resultados del 2026 han ratificado esta tendencia. La representación electoral de la izquierda se ha desplazado de forma irreversible fuera de Lima, favoreciendo a cuadros que antes eran sistemáticamente ignorados o considerados periféricos por las élites. El ascenso de Castillo y la consolidación de figuras como Roberto Sánchez no son accidentes históricos, sino evidencias claras de un cambio en la estructura de la agencia política nacional.

En este panorama, la figura de Sánchez emerge como un actor central que a menudo pasó desapercibido frente al protagonismo de Castillo y Vladimir Cerrón. El 2021 nos trajo al médico huancaíno, al profesor cajamarquino y al psicólogo huaralino, que ha demostrado ser un político versátil para los tiempos de crisis que vive la democracia peruana: lidera un partido con historia desde inicios de siglo, logró ser el ministro más longevo del gabinete de Castillo, preservó una bancada parlamentaria y eludió las acusaciones que buscaron su desafuero.

Para las elecciones de 2026, Sánchez forjó una alianza estratégica que unió las distintas vertientes del castillismo con actores como Antauro Humala, colegas parlamentarios y un nutrido grupo de dirigentes sociales. Su perfil refleja fielmente a esta izquierda periférica cuyo arraigo social y económico está más cerca de los puestos de mercado que de las cafeterías y universidades privadas. No vienen de las ONG o los think tanks, sino del pliego de reclamos, la huelga y la gestión pública subnacional.

Esta izquierda se caracteriza por carecer de grandes pretensiones ideológicas, optando por un populismo militante enfocado en la "soberanía del bolsillo". Actúa con pragmatismo negociador y prefiere canjear la "revolución imposible" por mejoras laborales para sus agremiados o un nuevo régimen de concesiones mineras. Además, mientras otros reniegan de Pedro Castillo, Sánchez y sus aliados se reclaman sus herederos y reivindican el legado histórico que significa haber tenido un campesino ocupando la silla presidencial. El sombrero cajamarquino se convierte en un símbolo de identidad, lucha y victoria popular.

La transición hacia esta izquierda popular también se manifiesta en las figuras de Analí Márquez y Brígida Curo, vicepresidentas de Juntos por el Perú. Ellas personifican el paso de la "segunda línea" dirigencial al protagonismo nacional, aportando una carga simbólica que la izquierda tradicional ha intentado articular discursivamente pero que ellas encarnan de forma orgánica. Asimismo, rompen el molde del feminismo urbano y académico que predominaba en la representación izquierdista durante los últimos años.

Su presencia muestra que la participación femenina en este nuevo esquema debe ir acompañada de una representatividad territorial real. No basta con cumplir con la cuota de género, se requiere una identidad ligada al territorio. La procedencia de ambas candidatas aleja la oferta política de los discursos tecnocráticos y conecta directamente con las demandas anticentralistas del sur peruano. Y en el caso de Curo la variable identitaria indígena se vuelve un eje esencial, elevando a quienes antes se consideraban secundarios a las esferas más altas del Poder Ejecutivo.

El análisis de las demandas de la izquierda de la periferia muestra una brecha crucial con la izquierda tradicional. Mientras esta última se enfoca en reformas institucionales, derechos civiles progresistas y conservación ambiental; la primera prioriza la redistribución de recursos, el control de los recursos naturales y mantiene una agenda social conservadora. Sin embargo, existen puntos de consenso ineludibles: la convocatoria a una Asamblea Constituyente, el fortalecimiento del rol del Estado en la economía y la regulación estricta de la actividad empresarial privada.

Sobre la voluntad antidemocrática del último mensaje de Pedro Castillo -que para muchos analistas es la prueba irrefutable de un golpismo latente-, los grupos de esta izquierda emergente mantienen una visión distinta: consideran dicha medida como la acción desesperada de un maestro rural acorralado por sus enemigos políticos, más que un intento serio de instaurar un régimen autoritario.

En el Parlamento elegido el 12 de abril de 2026, esta tendencia no se limita a Juntos por el Perú, sino que abarca a sectores de Obras. Ambos grupos comparten orígenes provincianos, trayectorias dirigenciales y lenguaje nacionalista radical. Temas como la nacionalización del gas o la defensa de Petroperú son ejes centrales de su discurso en sintonía con el antaurismo.

No está de más mencionar que a diferencia del Perú Libre de 2021, la experiencia de los últimos cinco años los ha hecho más conscientes de sus limitaciones y tampoco se ven a sí mismos como la única y verdadera izquierda. Por supuesto, nada de lo dicho implica que en el ajetreo de la vida parlamentaria y la crisis política, dicha agenda sea abandonada y algunos repitan los extremos oportunistas del “fujicerronismo” o acaben como Guido Bellido buscando la reelección en el partido de José Luna, compartiendo militancia y spot de campaña con Daniel Urresti.

El futuro mostrará si esta reconfiguración política se confirma como una tendencia consolidada. Por ahora queda claro que el Congreso ya no es un espejo de la élite política limeña. La izquierda que sobrevive y se expande es aquella que "camina por el territorio". Es una izquierda que ha comprendido que para llegar a la Plaza Bolívar no necesita el visto bueno de la capital, sino el respaldo que alcance en las calles y plazas del interior del país.

Fuente: google.com