2026-05-07 11:13:46 - MUNDO
“El ciudadano cada vez sabe menos del Estado, pero el Estado sabe cada vez más del ciudadano”.
La frase del activista y abogado Leopoldo Maldonado cae como una losa en la primera mesa del encuentro regional organizado por Artículo 19 en el Centro Cultural de España, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Afuera, la vida sigue con la aparente normalidad de todos los días: turistas, vendedores, oficinistas. Bullicio. Adentro, la conversación gira en torno a un problema grave: el silencio.
No el silencio como ausencia de ruido, sino como resultado de ataques y agresiones a la prensa y la libertad de expresión.
El panel se titula “Estructuras del silencio: censura, opacidad y vigilancia”. Y desde las primeras intervenciones queda claro que no se trata de un concepto abstracto. Es una experiencia compartida en México, Centroamérica y el Caribe. Una estructura que no depende de un solo mecanismo, sino de la suma de muchos: violencia, leyes, vigilancia, descrédito, miedo.
La mesa la modera la periodista Olivia Zerón, jefa de información de Animal Político, quien lanza la pregunta central: cómo operan hoy esas estructuras de silenciamiento en la región. La respuesta no tarda en fragmentarse en testimonios que, aunque provienen de países distintos, parecen describir el mismo sistema.
Carlos Martínez, periodista de El Faro, es el primero en tomar la palabra. Habla desde el exilio en México, a donde tuvo que ir con muchos de sus compañeros del diario digital.
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“Veintidós miembros de El Faro fuimos intervenidos con Pegasus; yo estuve 269 días con mi teléfono intervenido y mis comunicaciones”, dice.
Luego, después del espionaje digital, Martínez expone que viene la acusación pública. El señalamiento directo desde el poder. El aislamiento.
“El presidente Nayib Bukele nos acusó en cadena nacional de lavado de dinero, sin pruebas”.
Después, el desplazamiento.
“Hemos salido 50 periodistas de El Salvador”.
Martínez no se queda en la denuncia. Apunta hacia algo más incómodo: la respuesta social y el aislamiento que no solo viene forzado desde el poder político.
“Agredirnos, difamarnos, echarnos del país no tuvo un eco en la sociedad. El periodismo no les parece una herramienta fundamental para mejorar sus vidas”.
El problema no es solo el poder. Es también el terreno fértil en el que ese poder opera.
“Y en este contexto, gente como Bukele tiene muy fácil convencer a la gente de que los periodistas no somos necesarios. De que somos el enemigo”.
En México, el diagnóstico no es tan distinto. El informe presentado por Artículo 19 documenta 7 asesinatos de periodistas y 451 agresiones contra la prensa en 2025, prácticamente el mismo nivel que el año anterior.
No hay una mejora real, sino una transformación y una sofisticación de las diferentes formas de atacar al periodismo crítico e independiente.
Lo que describe Martínez en El Salvador —la combinación de vigilancia, estigmatización y exilio— es lo que el informe llama “estructuras del silencio”: mecanismos que no solo atacan a periodistas, sino que buscan desactivar el sentido mismo del periodismo ante la sociedad.
José Carlos Zamora, del Comité para la Protección de Periodistas (CPJ), amplía la mirada. Ya no es, para nada, un fenómeno local o concentrado en un país.
“Hemos documentado 330 periodistas encarcelados y más de 220 periodistas asesinados en el mundo en 2025. Y 900 periodistas forzados al exilio”.
Habla de una “arquitectura de silenciamiento”. De un patrón que se repite.
“El caso de El Salvador es emblemático: hay censura, violencia y vigilancia. Hay una especie de manual que los regímenes están utilizando para silenciar a la prensa”.
Guillermo Medrano, periodista nicaragüense, describe lo que ocurre cuando ese proceso llega a su punto más extremo: el cierre del espacio cívico.
“En Nicaragua ya hay un cierre total de los espacios cívicos. 308 periodistas se han visto obligados al exilio en los últimos ocho años. Preguntar es sinónimo de cárcel, muerte, exilio o incluso la desnacionalización”.
Medrano menciona un dato que resume el nivel de control: el 65 % del país no tiene prensa independiente. Solo medios oficiales del régimen de Daniel Ortega.
Pero incluso fuera del país, el control persiste.
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“Hasta en los lectores hay miedo. Dar un like a una publicación crítica puede ser un problema”.
Hilda Landrove, periodista y académica cubana, interviene con un diagnóstico igual de contundente.
“Prácticamente no quedan periodistas libres en Cuba”, asegura.
Habla de medios en el exilio, de colaboraciones clandestinas, de plataformas creadas no para informar, sino para desacreditar y atacar a los pocos periodistas que quedan en la isla caribeña bajo el régimen castrista.
“Es algo perverso”, crítica.
Lourdes Ramírez, de Honduras, toma el micrófono y cambia el tono hacia lo íntimo, lo cotidiano. Su voz por momentos se entrecorta para describir la situación de violencia que enfrentan los periodistas en uno de los países más violentos del mundo.
“Vivimos una indefensión. Es un exterminio contra los periodistas que quieren investigar”.
No se refiere solo a asesinatos. La periodista habla de vigilancia diaria, de hackeos, de fuentes amedrentadas, de desconfianza entre colegas.
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“Cada vez hay menos confianza entre los propios periodistas”, añade Ramírez, que explica que medios de comunicación independientes reciben propuestas de periodistas que, con el pretexto de colaborar, buscan extraer información sensible de otros periodistas independientes.
“Sabemos que son gente con malas intenciones”, señala. “Periodistas que buscan saber qué estás investigando para luego ir con las personas que no quieren que se publique la información y pasarles el dato”. La periodista centroamericana, incluso, apunta que ha habido casos en los que, a tan solo un día de publicar una investigación, las fuentes se echan para atrás porque recibieron amenazas de las autoridades de su país.
Pero el daño no solo viene de las autoridades y el crimen. “La sociedad civil también nos ha dejado solos”, lamenta la informadora. “Nadie nos llama cuando estamos en el exilio, nadie nos pregunta. Ni siquiera las organizaciones a las que tanto apoyamos”.
Y luego, algo que rara vez aparece en los informes:
“Es agotador sentirte contra la marea todo el rato. Y aquí hay un impacto del que no se habla: la salud mental de quienes cruzamos solos el desierto”.
Por su parte, Adrián López, director del diario Noroeste, en Culiacán, Sinaloa, regresa la discusión al terreno de la narrativa. A la disputa por el sentido.
“Si la gente no te cree, es muy fácil para el poder desacreditarte o ignorarte, que es peor”.
El problema no es solo que el poder ataque. Es que logra imponer su versión y lo hace a diario.
“Bukele habla todos los días. Aquí las mañaneras del presidente López Obrador y ahora las de Sheinbaum son todos los días. Nosotros, en cambio, respondemos con una investigación cada seis meses”.
La asimetría es brutal.
“La autoridad ha reducido todos los caminos para el escrutinio. Ellos hablan sólo de lo que quieren y cuando quieren. Y nosotros nos hemos quedado fuera”.
El silencio también se construye así: controlando de qué se habla.
Lo que ocurre en la mesa confirma lo que el informe de Artículo 19 plantea para México: la censura ya no depende únicamente de la violencia física. Aunque sigue siendo letal —siete periodistas asesinados en 2025—, hoy convive con otras formas más sofisticadas: el ambiente hostil, el acoso judicial, la opacidad y la vigilancia.
Maldonado, al inicio de la mesa, lo resumió en una idea que atravesó toda la conversación: “el silencio no se puede volver una forma de vida”.
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Al final de la mesa, no hay conclusiones formales. Solo la sensación de que, más que una suma de testimonios, lo que se escuchó fue un mapa.
Un mapa de una región donde el periodismo sigue existiendo, pero cada vez en condiciones más adversas. Donde informar no es solo un trabajo, sino una decisión que implica muchos riesgos acumulados.
Y donde el silencio, más que una ausencia, empieza a perfilarse como una política para callar a quienes incomodan.
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