La melodía del cariño, Gotas de lluvia o Felices por siempre: ¿cómo salir del laberinto de la fragmentación política en Perú?

2026-04-14 21:09:46 - MUNDO


El panorama de los resultados preliminares en el Perú, con el escrutinio avanzando hacia tres cuartas partes de las actas, confirma una sospecha que ha sobrevolado toda la campaña: estamos ante un déjà vu institucional que agrava las heridas de 2021.

Con un récord histórico de 35 candidatos presidenciales, el elector peruano se ha visto forzado a navegar en un océano de siglas vacías y personalismos, donde la deliberación informada fue sustituida por ruido electoral. Los resultados anticipados de la primera vuelta confirman lo que las encuestas ya insinuaban: un sistema político sin partidos sólidos, difícil de predecir y que opera como un sistema caótico.

Al escribir estas líneas, a 48 horas de terminada la jornada del domingo, apenas se ha contabilizado el 75 % de la votación. Keiko Fujimori lidera con un 17 %, seguida de cerca por Rafael López Aliaga con 13 % –ambos de derechas–. Detrás, en una secuencia poco distinguible, aparecen Jorge Nieto, de centro izquierda (12 %); Roberto Sánchez Palomino, izquierdista afín al expresidente Pedro Castillo (10 %); Ricardo Belmont (10 %); Carlos Álvarez Loayza (8 %), y Alfonso López Chau (8 %). Siete candidatos en nueve puntos porcentuales.

Al otro extremo de la cola están otros 28 candidatos presidenciales, que se repartieron cerca del 20 % del electorado. El histórico APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana) apenas logró alcanzar el 1 %, mientras que 14 candidatos y sus partidos tuvieron votaciones tan exiguas que no alcanzaron el 0,5 %.

Perú es el caso emblemático de la hiperfragmentación partidista. Los datos históricos revelan un patrón inquietante en Latinoamérica: en los años electorales o preelectorales surgen tres veces más partidos políticos que en periodos de calma institucional. Esta proliferación no responde a una vitalidad democrática, sino a una estrategia oportunista incentivada por el calendario electoral.

Haciendo referencia a la banda estadounidense de los 80 y 90 cuyo nombre traducido al español era “Los chicos nuevos del barrio”, estos New Kids on the Block son, en esencia, plataformas de campaña efímeras o flash parties que carecen de raigambre ideológica y solidez organizativa.

En el escrutinio peruano vemos como ejemplo el del humorista Carlos Álvarez Loayza (País para Todos), que capitalizó el fenómeno presentándose como el outsider que “viene de fuera” para captar el voto de sectores desencantados.

La relación de nombres de los partidos parece más una lista de música popular que una arquitectura institucional: el partido Obras de Ricardo Belmont, el País Para Todos de Loayza, Juntos por el Perú, Ahora Nación u otros como La melodía del cariño, Gotas de lluvia, La magia del encuentro, El aroma de la confianza, El tejido de la vida, Alcanzar el infinito, Amanecer de nuevo, El mapa de los sueños o Felices por siempre.

No nombran ideologías: evocan sensaciones. La dinámica es facilitada por la ciberpolítica, donde el uso de redes sociales permite a candidatos desconocidos articular apoyos masivos de forma veloz, pero con estructuras de “maletín” que difícilmente garantizan gobernabilidad.

“Es más fácil predecir las trayectorias de un péndulo doble que los resultados de las elecciones de Perú”, comentaba mi colega mexicano Arturo García-Portillo, un avezado consultor político. La metáfora del péndulo es ilustrativa, pues a diferencia de un péndulo simple y predecible por lo regular, el péndulo doble exhibe un comportamiento caótico: pequeñas diferencias en las condiciones iniciales generan trayectorias radicalmente distintas.

El célebre “efecto mariposa”, el aleteo de un evento menor –llámese debate, escándalo o video viral– puede desencadenar consecuencias finales desproporcionadas. Y no porque sea irracional el elector, sino porque está operando en un entorno de hiperfragmentación que multiplica las variables y reduce la capacidad de anticipación.

Cada candidato adicional no solo suma una opción, sino que introduce nuevas interacciones, nuevas transferencias potenciales de voto, nuevas trayectorias posibles.

Incluso el propio acto de votar pareció alinearse con esta lógica caótica. Además de la lentitud del conteo, ocurrió que en Lima quince locales de votación quedaron inoperativos por falta de material electoral, dejando a cerca de 66 000 ciudadanos, distribuidos en 211 mesas, sin poder ejercer su derecho.

La solución del árbitro electoral fue excepcional y polémica: extender la jornada 24 horas y permitir que esos electores votaran al día siguiente. Elección que, en los hechos, se partió en dos tiempos. Una escena difícil de imaginar en sistemas más institucionalizados: ciudadanos votando cuando los resultados ya eran, en gran medida, conocidos.

El tiempo electoral dejó de ser simultáneo. Con ello se alteró un principio básico en la competencia democrática y se erosionó la reputación institucional del árbitro electoral.

El llamado a la segunda vuelta es para el 7 de junio, cuando Keiko se enfrentaría al conservador López Aliaga, alias “Porky”, empresario que fue un medianamente exitoso alcalde de Lima. ¿Podrá ser la oportunidad de Keiko Fujimori en su cuarto intento?

Entre ambos candidatos suman 30 puntos, lo que indica que 7 de cada 10 peruanos no votaron por ninguno de ellos en primera vuelta. Exactamente igual que lo ocurrido en 2021.

Existe amplio espacio para negociaciones y alianzas, pero ante un escenario de tal volatilidad, en matemáticas electorales dos más dos rara vez suman cuatro. Ningún candidato puede garantizar la lealtad de sus votantes tras un apoyo para la segunda vuelta.

Un análisis preelectoral en redes sociales indicaba que mientras Keiko Fujimori lideraba en intención de voto, arrastraba un rechazo digital cercano al 46,96 %, mientras que López Aliaga tenía un rechazo del 27 %. Es decir, Keiko encabeza la competencia, pero también capitaliza el rechazo. Su presencia en segunda vuelta redefine la elección como dilema. Una vez más, y como ocurrió en 2021, el país se organizará en torno al “mal menor”.

Si Perú aspira a romper este ciclo de inestabilidad, donde el parlamento termina siendo un mosaico de 10 o 15 facciones incapaces de sostener a un presidente o garantizar un mínimo de gobernabilidad, es imperativo repensar las reglas del juego electoral. La fragmentación del sistema de partidos es una dimensión ligada directamente a la forma en que se compite.

Reducir por la vía reglamentaria el número de partidos políticos es posible, en función de criterios de representatividad y bases electorales regionales. Otra propuesta hacia el futuro sería el transitar hacia un sistema de voto ranqueado o “votación suplementaria”. Sería relativamente fácil cambiar ligeramente el sistema electoral en ese sentido.

Funciona así. Si ningún candidato obtiene más del 50 % de los votos de primera opción, todos excepto los dos candidatos principales son eliminados y se les añaden los votos que hayan obtenido como segunda opción. Curiosamente, Perú ya aplica el voto preferencial en niveles legislativos, pero lo omite donde más se necesita: en la elección presidencial para garantizar una aceptabilidad más amplia del mandatario

El sistema puede ser muy fácil de llevar a la práctica, teniendo métodos automatizados o semiautomatizados de conteo. Como gran ventaja se ahorra la elección de segunda vuelta y la polarización artificial de la sociedad. Bajo esta lógica, el elector no elige una única opción, sino que ordena sus preferencias (primera, segunda, tercera opción). Esto alteraría radicalmente los incentivos de la comunicación política. Principalmente, encarece la agresión: atacar virulentamente a un adversario se vuelve irracional, ya que el candidato necesita ser la segunda o tercera opción de los seguidores de su rival para ganar.

Por otro lado, el método premia la moderación: obligaría a los actores a reconocer que el electorado no está dividido en bloques monolíticos, sino en una constelación de preferencias superpuestas. Así también se reduciría la polarización de la segunda vuelta: al agregar preferencias desde el inicio, se evita el enfrentamiento binario de odios y se premia el consenso.

Mientras el sistema premie el ruido, el Perú no elegirá a sus mejores opciones, sino a las más estridentes.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation, un sitio de noticias sin fines de lucro dedicado a compartir ideas de expertos académicos.

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La autora es consultora política en DatastrategIA