2026-04-06 11:27:47 - MUNDO
Ivette Molina emigró de Venezuela en 2017, cuando vio que la situación en el país era insostenible. Como millones de venezolanos, ella y su pareja eligieron la Argentina. Solo 41 días después de llegar a nuestro país, cuando terminaban de adaptarse al cambio y tener una la rutina normal, Ivette comenzó a sentirse mal. Una visita al hospital la llevó a conocer su diagnóstico: hipertensión pulmonar idiopática, una enfermedad que es degenerativa y terminal.
Ivette quedó internada por 30 días en un cuarto compartido con alrededor de 20 personas con su misma condición —que, de por sí, es rara— a cargo de médicos que la trataron muy bien, pero que no tenían los medicamentos necesarios para luchar contra la enfermedad. Si bien su estado de ánimo nunca decayó, los tratamientos incluían estudios o procedimientos tan dolorosos que, en mitad de uno, sufrió una convulsión: “Era mi cuerpo diciendo basta”, sintetizó la joven de 43 años en conversación con LA NACION.
Aunque por su diagnóstico, todo indicaba que iba a morir, Ivette sobrevivió: “Mi caso, me explicaron, estaba fuera de los libros”. Con mucho esfuerzo, trabajo y un cambio de hábitos, pudo superar efectos secundarios, problemas de salud consecuentes a su condición y otras internaciones, hasta que durante la pandemia decidió describir la cercanía a la muerte a través de 30 poemas, uno por cada día de su internación. Cada texto está numerado con líneas verticales y, cada cinco, rayas horizontales, tal como popularmente se marcan las condenas en prisión.
Así fue como surgió el poemario Renasci (Caribe Sur Somos) que comienza: “Estar muerta/Creerse medio viva/ Los suspiros son escasos/El cuerpo pide muerte/Y se deja caer”.
Ivette no vivía en Caracas en la parte más álgida del chavismo, sino que se había mudado a Valencia, una ciudad menos poblada que Caracas. En 2017, tal como recuerda, las protestas contra el gobierno se habían acrecentado, al igual que la represión, y la situación la llevó a mudarse a la Argentina con su pareja.
Habían pasado 41 días cuando notó que tenía hinchadas las piernas. Cuando fue a hacerse estudios, le detectaron una insuficiencia cardíaca y, a partir de distintos análisis, apareció la causa: hipertensión pulmonar idiopática, derrame pleural, derrame pericárdico.
Con esta condición, debió ingresarse automáticamente al Hospital Ramos Mejía y entró en una lista de espera de trasplante de pulmón. La internaron en una sala comunitaria donde compartió el espacio con aproximadamente otras 20 personas que sufrían la misma enfermedad, que no es común.
En el Ramos Mejía recibió “atención de primera”, cuenta, tanto de expertos como de universitarios. Sin embargo, al ser una enfermedad poco frecuente, no había remedios para el tratamiento específico. "No estaba toda la medicación, pero el diferencial fue el capital humano", defiende Ivette.
Según explica la Clínica Mayo, “la hipertensión arterial pulmonar es una enfermedad donde los vasos sanguíneos de los pulmones se estrechan, bloquean o destruyen. El daño hace que sea difícil que la sangre circule hacia los pulmones. La presión en las arterias pulmonares aumenta. El corazón debe trabajar más para bombear sangre hasta los pulmones. Con el tiempo, el esfuerzo adicional ocasiona que el músculo cardíaco se debilite y no funcione”. La página de la institución estadounidense marca que no hay una causa certera.
Ivette defiende la información: “Nadie sabe cómo se generó mi enfermedad, aunque definitivamente años de malos hábitos, como haber sido fumadora, la marcan. Sin embargo, creemos que la hipertensión pulmonar se disparó por el avión que me trajo a la Argentina: los cambios de presión de la cabina fueron la gota que rebalsó el vaso”, describe Ivette, después de comentar que pasó años de su vida intentando entender la enfermedad que tiene y sus causas.
Para tratar la hipertensión pulmonar, Ivette tuvo que someterse a estudios invasivos y dolorosos. Por ejemplo, relata que le realizaron un cateterismo que le atravesaba todo el torso y, al día siguiente, le informaron que no había salido bien y que había que realizarlo otra vez. Luego, tuvieron que hacerle un eco doppler sobre la herida: “Se apoyaron tanto y me dolía tanto, que llegó un punto que tuvo que intervenir mi pareja y decir, ‘Mira, ya basta’”, cuenta Molina.
El nivel de estrés y dolor físico provocó un colapso en su sistema: “Tuve una convulsión que nunca supieron qué fue... La teoría era que había sido algo por el dolor”.
Además de la falta de medicación, muchos tratamientos eran contraproducentes y se tuvo que optar por unos por sobre otros. Por ejemplo, para su insuficiencia cardíaca un estudiante propuso tratarla con dosis masivas de diuréticos: “Eso fue lo que me salvó”. El impacto en su cuerpo fue drástico: “Yo entré pesando 70 kg y salí pesando casi 57...”.
Ivette no fue consciente de la inminencia de su muerte hasta el final de su estadía: “Yo me estaba muriendo y yo no me enteré hasta el día antes que me fueran a dar de alta”. En ese momento, su doctora le dijo: “Sos un caso fuera del libro. No deberías estar viva”. Incluso días antes había recibido la visita de un sacerdote para una confesión y bendición, algo que ella en su momento no interpretó como una señal de extrema gravedad, sino como una actitud de solidaridad con su proceso hospitalario: “Era mi extremaunción”.
Cuando salió del hospital, Ivette se había quedado sin trabajo y con la certeza de que cada mes iba a necesitar US$3000 para los cuatro tratamientos que le iban a aliviar los síntomas.
Poco a poco, y con ayuda de amigos, familiares y extraños, Ivette y su pareja pudieron salir adelante y duelar la situación hasta poder convivir con esta. Luego, tuvo otras dos internaciones; una por falta de medicación y otra por un coagulo cerebral como efecto secundario de un tratamiento, situación que le valió una operación a cráneo abierto y el riesgo a la muerte, otra vez.
Sin embargo, hoy en día viven con alegría: Ivette y Verónica, su pareja, ríen mientras cuentan algunas de las anécdotas de estos últimos 9 años de sus vidas.
Dedicado, principalmente, a dos enfermeras que cuidaron de su vida, Renasci es “abono del sufrimiento”, en palabras de la autora. Los 30 versos, que se numeran con líneas verticales y horizontales, como una condena, parecen un recorrido guiado por la habitación hospitalaria, por las noches donde la oscuridad parecía eterna, por aquella muerte que todos esperaban y no ocurría. En realidad, el poemario es una vidriera al “otro lado”, y por ello se articula como una oda a la vida.
“Ninguno de los poemas fue escrito en el hospital, sino que allí dibujaba: retrataba a los demás pacientes y, en especial, a Canelas, un perro que veía a través de fotos en el celular”, explica Ivette.
En el poema 26, Ivette escribe: “Es hermoso sentarme silente en el medio de mi propia oscuridad/Suspenderme en mis abismos/ver el desfile de mi sombra/No existen los monstruos debajo de la cama/Yo era/yo soy mi propio monstruo/Me miro/me río y me sonrío de vuelta”.
Ivette confiesa: “Fue una experiencia surreal: me había ido de mi país, de mi casa, y ahora estoy esperando un trasplante de pulmón. Yo estaba desconectada de la situación, mientras estaba en el hospital no sentía miedo por mi salud, no entendía lo que estaba pasando, sino que todo el temor vino después”. En este sentido, el poemario se siente como una pesadilla inacabable, donde cada día el soñador vuelve al mismo túnel de oscuridad: “Escapé de mi última noche/la noche más larga y perfecta/Me solté andes de que su ocaso/me arrastrara y consumiera en el fondo/de su acuosa oscuridad (...) Mamá/ese reloj de arena no era mío (...) Papá/ese no era mi tiempo”, escribe en el tercer poema.
Ivette, desde el autoanálisis de su caso, comprendió que su enfermedad fue la factura que su cuerpo le pasó después de años de maltratos. Admite no haber tenido los hábitos más sanos, desde el tabaquismo hasta el consumo habitual del alcohol, y se dice que era hora de cambiar. Incluso, escribe en el poema 18: “Anoche estuve en un velorio/Anoche me despedí/Una tirada en el ataúd/una mentira/una farsa/Hay una tirana en el ataúd/muere una parte de mí”.
Hoy en día, sostiene una dieta sana y hábitos saludables. Incluso, no solo se dedica al arte (porque luego de su experiencia volvió a pintar, cuenta a este medio), sino que se dedica a vender alimentos sanos. “Yo era muy distinta. Soy otra Ivette”, dice y señala una foto previa al 2017 en su celular.
“La muerte en sí misma es benevolente y amable/pero la vida no tanto/Ella cuando se resiste a irse sufre/y uno sufre con ella”, cierra el libro, que se puede conseguir a través de su cuenta de Instagram.
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