2026-06-29 11:05:29 - MUNDO
México se ha acostumbrado a una cruda realidad: permite el rezago de las nuevas generaciones que pueden darle empuje económico y social. Es el caso de millones de jóvenes que representan un gran potencial de cara a los desafíos del país, pero que se mantienen en exclusión o precariedad tanto en el ámbito educativo como en el laboral.
En la entrega anterior abordamos cómo la situación de pobreza en la primera infancia produce desventajas en los primeros años de vida y de su formación educativa, factores que marcan la desigualdad de oportunidades en la primera fase de su curso de vida.
Ahora daremos una mirada a la situación de las y los adolescentes y jóvenes, la etapa siguiente en el curso de vida, donde, lamentablemente, el panorama no es mejor, pues millones de jóvenes no concluyen su educación media superior (bachillerato) y aumentan las barreras para su inclusión económica.
En las “10 Rutas para un México libre de Pobreza”, con las que Acción Ciudadana Frente a la Pobreza impulsa estrategias y políticas públicas adecuadas para afrontarlas desde el gobierno, del sector empresarial y de la sociedad civil, se presentan dos rutas específicas para hacer frente al rezago de millones de jóvenes sin estudios universitarios y sin trabajo.
La Ruta 3 se enfoca en la primera etapa de la juventud, un periodo crucial y definitorio en la vida para dotar de condiciones para acceder a un trabajo digno. Un vehículo para lograrlo es la educación técnica dual.
Podría llamarse “formación en oficios” o “carreras cortas”, es un nivel educativo que en México está subvalorado aunque cuenta con amplia infraestructura: el sistema de educación técnica y tecnológica de nivel medio superior (EMS) que permite cursar una carrera entre los 15 y 17 años de edad en planteles de Conaleps, Cecyts, Cebetis, como se les conoce coloquialmente.
Este sistema, sin embargo, está relegado. Nació y se diversificó vinculado al aparato productivo, pero en muchos casos hoy ha perdido ese norte. En lugar de ser una vía para la inserción laboral, se ha convertido en una preparatoria más, centrada en conocimientos generales y alejada de la aplicación práctica.
La aspiración de ir a la universidad es legítima y debe alentarse. Sin embargo, la realidad muestra que para miles de jóvenes de hogares en pobreza, la ruta no es directa.
Asumir la educación técnica como un nivel formativo completo, que prepare para la primera transición laboral, es la opción más realista y efectiva para que millones de jóvenes consigan un trabajo digno y muy probablemente accedan a la educación superior en un periodo posterior.
Adaptar la “educación dual” alemana a nuestra realidad inicia por garantizar una experiencia significativa de prácticas laborales durante los estudios, al menos por unas semanas. La vinculación entre escuelas y centros de trabajo / empresas no requiere mayor presupuesto y los impactos pueden ser múltiples en aprendizaje, en reducción de deserción y en la alta probabilidad de inserción laboral al terminar.
La Ruta 4 se enfoca en un momento crucial del curso de vida: la transición al primer empleo al concluir la formación escolar. Si para los egresados universitarios conseguir un buen empleo es sumamente complicado, para quienes ni siquiera terminaron el bachillerato representa escalar un acantilado sin equipamiento.
Las cifras lo confirman: más de la mitad de la generación joven de 15 a 29 años que ya no estudia, se encuentra atrapada en la exclusión (5 millones) o en la precariedad laboral (7 millones).
La exclusión y la precariedad no son fruto del azar ni de decisiones individuales. Son el resultado de condiciones estructurales por un contexto adverso que acumula desventajas desde el inicio de la vida.
Esta generación de personas jóvenes, de 15 a 29 años, nació y creció entre 2000 y 2010 cuando la mitad de la población (53 %) vivía en pobreza por ingresos. Y durante su educación básica, alrededor del 80 % mostraban aprendizajes muy deficientes en matemáticas y lectoescritura. Además, en su adolescencia más de 60 % abandonaron la escuela sin concluir el bachillerato.
Estas desventajas crean barreras profundas que están en la raíz de la exclusión y precariedad laboral.
Para promover su inclusión social y económica, hay estrategias que se podrían implementar, sobre todo si se recupera el sentido original asignado al programa Jóvenes Construyendo el Futuro, que todavía recibe cuantiosos recursos y no está teniendo resultados visibles en la empleabilidad de jóvenes en rezago educativo.
El llamado es a garantizar derechos para millones de personas jóvenes. Las transferencias monetarias no bastan para derribar las barreras a la empleabilidad. Pueden ser una herramienta de inserción laboral, si se complementan con experiencias de aprendizaje significativas y con atención a los rezagos y necesidades psicosociales de quienes presentan mayores barreras.
En próximas entregas ahondaremos en los detalles del resto de las 10 Rutas, relacionadas con la situación de las mujeres y empresas comunitarias como alternativa económica frente a la pobreza, entre otros temas. ♦
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