2026-06-13 19:38:41 - MUNDO
En la Ciudad de México, el Estadio Azteca -por los siglos de los siglos,- volvió a hacer lo que mejor sabe: fingir que es sólo una mole del color del cemento, cuando en realidad es un animal histórico con memoria de goles, fiestas, dramas, finales, gritos y milagros. Acá no hubo un hueco para un alfiler. Verde lleno total. Gargantas abiertas. Emoción. Alegría. Canto. Como éramos antes de vivir en la rabia, la indignación, la confrontación o la tristeza. Cultivadas o inevitables. Un par de hora de puro gozo. De gozo puro. México no está recibiendo el Mundial con el 12.5% que le asignaron. Este rato, lo está reclamando como si fuera suyo.
Dos o tres o cuatro momentos de entrega total, como dos goles antes del partido. Primero, el Himno Nacional, con Alejandro Fernández. Como nunca había sonado. Solemne, ranchero, emocionado… hondo y profundo hubiera dicho Paco Malgesto -locutor de época-. Sublime. Como si el país entero se hubiera puesto de pie enfundado en un traje negro de charro con botonadura de oro. Sin orquestación. Cada una de las 80 mil voces es un instrumento de viento. A capella… ‘a pelo’ se dice cuando te montas al caballo sin silla. Cuando dice ‘más si osare un extraño enemigo / profanar con su planta tu suelo’… hoy cala distinto en los que ven noticias. En los que no, pus no.
Después, el veterano tapatío grupo Maná… banda que se formó justo en el 86, cuando el otro Mundial nuestro… hace 40 años. José Fernando Emilio Olvera Sierra, alias el Fher Olvera, pone a cantar a todos, de pe a pa,‘Oye mi amor’— como una especie de director espiritual de estadio, levanta los brazos… pide palmas. Recibe fe. La raza, sin persignarse se persigna. Gospel rockero.
México luce, exporta momentos y canta. ‘El Potrillo’ como heredero de la épica ranchera… Chente se quita el sombrero en las alturas; Maná como banda sonora sentimental de varias generaciones; Belinda como figura pop de la televisión que fue; Lila Downs como raíz, tierra y voz indígena; Los Ángeles Azules -vestidos como los ángeles beiges- prueba viviente de que Iztapalapa es una potencia mundial y la cumbia, nueva doctrina de la diplomacia exterior. Era el momento perfecto para gritar ¡de Iztapalapa para el mundo! Alguien se los prohibió. Infantino, seguro. Fueron obligados a decir: ‘De México para el mundo’. El que paga manda.
Al concluir la ceremonia de inauguración, la lluvia 80 mil sombreritos charros de verde cartón… como tormenta de ese papel picado que cae en todos los barrios de todas las grandes fiestas mexicanas que suceden de vez en cuando… cada vez menos… y no sabemos si se repetirán… bodas, bautizos, quince años o inauguraciones de un Mundial. El momento visualmente es una postal… la postal. Que pague regalías la Secretaría de Turismo si la llega a usar.
En general, el espectáculo musical fue diverso. De arranque, danzas prehispánicas y referencias aztecas, utilizando instrumentos espirituales en el campo de juego que hace 3 mil años se llamaba ‘juego de pelota’ con alguna de sus canchas en Teotihuacán. La inmensa Shakira y Burna Boy, con el número súper estelar, interpretando en vivo “Dai Dai”, el tema musical global oficial de esta edición.
El tenor italiano Andrea Bocelli que ya se sabe más mexicano que el mole, interpretó el himno oficial de la FIFA, titulado “DNA” (More Than A Game… del DJ francés David Guetta) junto a la coreana EJAE y la participación de la rapera Megan Thee Stallion. Tyla: cantó con el sentimiento que corresponde en tierras lejanas, su Himno Nacional, el de Sudáfrica, junto al plantel de su país. En el resto del elenco de estrellas Pop y Rock:, J Balvin (junto a Ryan Castro) y Danny Ocean.
Ausencia cantada desde siempre, la de Claudia Sheinbaum, Presidenta de la República. Otro acierto. Hubiera sido el único momento de CONFRONTACIÓN… de ‘búes’, rompiendo una algarabía que aplastó por unanimidad.
Y como embajadora especial, con las credenciales plenipotenciarias de Coatzacoalcos y del resto de México, Salma Hayek… -alias ‘Frida’ para el resto del orbe-, dio el mensaje oficial de bienvenida a toda la banda del mundo mundial.
Y al finalizar el encuentro, un 2-0 a favor de México, envalentona como envalentona el tequila para entonar el otro himno nacional, no el de Nunó y Bocanegra, El de José Alfredo Jiménez … ‘no tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda, pero sigo siendo el rey’.
Las coreografías apostaron por el movimiento multitudinario: bailarines formando olas verdes, líneas tricolores, círculos de fiesta popular, estampas de barrio y carnaval. No fue una ceremonia minimalista. Fue México haciendo lo que México hace cuando lo miran: meter demasiadas cosas en escena y, contra todo pronóstico, lograr que casi todas funcionen.
Hubo fallas, claro. Accesos lentos, confusión en algunas entradas, celulares sin señal, voluntarios rebasados, gente buscando su puerta como si estuviera en una peregrinación con boleto electrónico. Pero nada de eso apagó el ánimo. Al contrario: el caos parecía parte del folclor. México inauguró como juega sus mejores partidos: con drama, ruido, talento, desorden y una multitud dispuesta a perdonarlo todo si al final hay fiesta.
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Toronto tuvo una ceremonia correcta, multicultural, bien producida y canadiense hasta en sus silencios. Duró 14 minutitos, lo cual en tiempos de espectáculos interminables, habrá quien lo agradezca, pero también deja la sensación de que alguien puso el cronómetro de una junta ejecutiva.
El color dominante fue el rojo: rojo de identidad nacional, rojo de la hoja de arce, rojo establecido oficialmente como color de Canadá desde 1921 por el rey Jorge V, inspirado en la Cruz de San Jorge de Inglaterra. Rojo en las gradas, rojo en la escenografía, rojo en la intención. Pero no siempre rojo en la pasión.
Asientos vacíos. Eso, en una inauguración mundialista, se ve como el pasillo de un tren de madrugada, dijera San Joaquín Sabina. Amén. Toronto cumple, pero no ruge. Le faltó ese hervor popular que no se compra con producción ni se convoca con boletos corporativos.
El estadio… el BMO Field, más que templo mundialista, parece una canchota de tenis adaptada… inflada para la ocasión: funcional, limpia, ordenada, pero sin esa intimidación arquitectónica que hace inolvidable una inauguración. No es feo por descuido; es feo por falta de misterio.
En el desfile de banderas, Michael Bublé, probablemente el canadiense más eficaz para demostrar que se puede ser elegante, popular y navideño incluso en junio. Cantante de jazz-pop y crooner contemporáneo… heredero musical de Sinatra o de Tony Bennett, funcionó como el anfitrión emocional perfecto: sonriente, impecable, cómodo cual embajador amable de un país que prefiere caer bien antes que imponer miedo.
Antes del partido, Alanis Morissette cantó el Himno Nacional canadiense. Y no fue un detalle menor. No es sólo la cantante famosa del tema ‘Ironic’: es una de las voces canadienses más influyentes de los años noventa, autora de Jagged Little Pill… un disco que en 1995 marcó época y símbolo de una generación que aprendió a convertir la el coraje femenino en canción.
También estuvieron Alessia Cara, Elyanna, Jessie Reyez, Nora Fatehi, Sanjoy, Vegedream y William Prince. Cartel diverso, correcto. Canadá quiso mostrar pluralidad, y la mostró; quiso mostrar identidad, y la mostró; quiso mostrar fiesta, y ahí se quedó más corto que el estornudo de un gato. Hubo emoción institucional. Faltó feliz desmadre.
Los Ángeles convirtió el Mundial en alfombra roja hollywoodense. El SoFi Stadium apareció como nave espacial, centro comercial del futuro y foro de televisión al mismo tiempo. Todo brillante. Todo enorme. Todo diseñado para verse bien en cámara.
El cartel fue global: Katy Perry, Future, Anitta, LISA, Rema y Tyla. Un menú pensado para audiencias distintas, idiomas distintos, algoritmos distintos. Katy Perry puso el pop de estadio; Future, el pulso urbano; Anitta, el músculo latino; LISA, el imán del K-pop; Rema y Tyla, la confirmación de que África y sus sonidos ya no son invitación exótica, sino centro de la música global.
Los Ángeles ese algo parecido al ese algo de Toronto: lugares vacíos. No muchos. Pero suficientes como para que las cámaras tuvieran que operar con cuidado, y tomas cerradas. Ceremonia con producción, celebridades, luces, pantallas y poderío técnica. Nomás les hizo falta transmitir la sensación de que el público estaba dispuesto a despeinarse.
En México, la gente cantó como si la hubieran convocado a defender nuestra frontera emocional. En Los Ángeles, muchos parecían, acaso, que asistían a un gran evento. En Toronto, a una ceremonia nacional. Sólo acá se sintió que una inauguración era un asunto de vida. Los Ángeles tuvo glamour. Toronto, identidad. México, fiebre.
El Mundial 2026 nació repartido en tres países, pero no en tres pasiones iguales. La Ciudad de México puso el lleno total, el verde, el grito, la cumbia, el mariachi, el himno y el caos feliz. “¡Viva México, cabrones!”. Toronto puso el rojo, la corrección multicultural y un estadio que parecía pedir permiso para emocionarse. Los Ángeles puso celebridades globales, pantallas gigantes y ese brillo de industria que convierte cualquier ceremonia en ‘tráiler’ con producción cinematográfica.
Las tres inauguraciones contaron una historia. Canadá, una de identidad. EU, una de espectáculo. México, una de pertenencia. Si se pudiera medir el arranque mundialista, no en dólares o en watts o en celebridades, sino en piel chinita, México ganó su primer partido, antes de que rodara la pelota. Lo demás, será lo demás.
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