Sobreviviendo en el camino: en Perú, el costo invisible del acoso en el transporte público

2026-07-07 11:54:30 - MUNDO

Un reportaje de Nadira Jave

Son las seis y media de la mañana en Lima. Miles de mujeres se preparan para salir de casa. Pero antes de cruzar la puerta, se miran al espejo y se hacen una pregunta que ningún hombre se hace: ¿esta ropa es segura para viajar? Gloria Corcuera, de 34 años, madre y trabajadora de una tienda de ropa, se hace siempre esta pregunta: “La vestimenta también, sí. La he cambiado también bastante".

Cifras importantes y en aumento

Patricia Escalante, de 22 años y estudiante universitaria, también se pregunta lo mismo: "Me ha gustado vestirme de una forma, de una manera, que en la calle... es totalmente incómodo". Desde los 13 años, desde que Patricia empezó a transportarse sola, ha tenido que calcular cada decisión: qué ponerse, por dónde ir, a qué hora salir.

Según cifras del Ministerio de Transportes y Comunicaciones (MTC), cada día, aproximadamente dos millones y medio de mujeres peruanas viven con una realidad brutal: sufrieron acoso por primera vez en el transporte público cuando eran adolescentes y, desde entonces, viven en modo supervivencia.

Leer tambiénEl estudiante colombiano Mateo López es el ganador del Premio Reportaje de RFI en Español 2026

Entre noviembre de 2022 y marzo de 2024, la Autoridad de Transporte Urbano para Lima y Callao (ATU) registró 415 casos de acoso sexual en el transporte público limeño. Pero estas cifras son apenas la punta del iceberg, pues siete de cada 10 mujeres en Lima y Callao han experimentado alguna forma de acoso. La pregunta no es si les ha pasado, sino cuántas veces.

Gloria Corcuera tenía 17 años cuando experimentó por primera vez lo que millones de limeñas conocen demasiado bien. Estudiaba cerca del centro de Lima y tomaba la combi por la avenida Arequipa. Ese día, como tantos otros, iba vestida con su uniforme: pantalón sastre y blusa.

"Cuando tenía 17 años y ya me tenía que ir a estudiar, en ese tiempo estudiaba por la avenida Arequipa y me iba en la [línea] D o sea, el carro estaba full y de repente un señor se me pegó bastante. Un señor mayor se me pegó y empezó a sobarse. Entonces yo me puse de costado, me cambié y el señor seguía sobándose. Yo le dije: '¿Qué tiene?' Y se hizo el loco. Bueno, lo insulté y la gente lo sacó del carro", recuerda Gloria.

Patricia Escalante no recuerda con exactitud cuándo comenzó. Pero recuerda la sensación, los roces que se justifican con la excusa de "el carro está muy lleno". Las miradas. El miedo. “Cuando se han apegado mucho a mí o dándole excusas de que, ay, no, el carro está muy lleno o el tren está muy lleno, cuando en realidad solamente querían simplemente ser asquerosos los hombres”, denuncia.

Lamentablemente, la experiencia de Gloria y Patricia no es única. La ATU reportó 377 casos de acoso sexual entre 2022 y enero de 2024 en los principales sistemas de transporte masivo de la ciudad: el metropolitano, un sistema de buses rápidos, los corredores de buses urbanos y la línea 1 del metro de Lima. Las denuncias subieron de 112 casos en 2022 a 237 en 2023. Y la tendencia continúa: hasta noviembre de 2024, se registraron 256 casos solo en el metropolitano. un incremento del 128% respecto al 2022.

Estrategias de supervivencia, entre cambios de ropa y de ruta

Pero detrás de cada estadística hay mujeres que, desde el día en que sufrieron acoso, ya no volvieron a vivir igual. Lo que las estadísticas no muestran es lo que viene después del acoso: la transformación de cada decisión cotidiana en una estrategia de supervivencia.

Gloria no solo aprendió a defenderse, sino que también aprendió a restringir su propia vida. "Bueno, ahora ya tomo otras rutas, ¿no? Me voy en moto al paradero. Trato de, como hay aplicativos de taxis que cobran cómodo, irme en taxi. Ya no evito roces, evito directamente que me molesten", explica.

Patricia también lo hizo. En su casa se siente libre, pero en la calle es diferente: "En mi casa me puedo sentir libre, pero salir de ahí, que me miren los hombres, que me juzguen por simplemente mostrar un poquito de piel o cuando estoy usando falda y tener que siempre pensar: 'no, tengo que usar un short debajo porque van a verme por detrás'", cuenta.

Así como Gloria y Patricia, miles de mujeres limeñas han modificado su guardarropa completo. Nada de faldas, nada de shorts, nada de escotes. Solo ropa holgada, incluso cuando el calor de Lima es insoportable. Se visten pensando en el transporte, no en lo que quieren usar. Calculan cada prenda pensando en las escaleras, en el viento, en las miradas.

Leer tambiénKilómetros de agua: la odisea de vivir sin grifo cerca de Medellín

Pero la ropa es solo el principio. También cambian rutas. Rechazan oportunidades. Gastan más en taxis. "Siempre pido trabajar cerca de mi zona para poder irme en moto y no tomar la combi", comenta Gloria. Gloria no está sola, otras mujeres viven lo mismo. Patricia complementa: "He tenido que hacer trayectos más largos y gastar un poco más para no toparme con lugares que creo que son peligrosos para mí".

Según datos de la ATU, el 70% de las víctimas cambian su patrón de viaje, modificando horarios y paraderos para evitar repetir la experiencia. Patricia gasta aproximadamente 70 soles extra al mes solo en transporte seguro, setenta soles que podría destinar a libros, comida, cualquier otra cosa, pero los destina a su supervivencia.

"He tenido que usar taxi, he tenido que usar más de un bus, o el bus o el metropolitano o bus o tren para tener que sentirme más cómoda. Durante el mes podré haberme gastado unos 70 soles aproximadamente en pasaje", señala Patricia.

Dentro del transporte, cada viaje es una operación táctica. Patricia ha desarrollado estrategias precisas: "Cuando voy en el bus, me siento en los asientos que son para una persona. Cuando voy a veces en el metropolitano, intento estar cerca, pegada al chofer, porque es el lugar más libre y más tranquilo en el que puedo estar. Y cuando he ido al tren, lo mejor es apegarme a la ventana, porque ahí no tengo que estar en contacto con nadie”, detalla.

Estas estrategias se volvieron automáticas para Patricia desde que tenía 13 años. La edad en que una niña debería preocuparse por la escuela, por sus amigas, por descubrir quién es. No por cómo sobrevivir en el camino. "Me da ansiedad saber que en algún momento me puede pasar algo. Agradezco mucho que... hasta ahora no me ha pasado algo peor", confiesa.

Mismo nivel de hipervigilancia que en contextos de guerra

Cambiar de ropa, de rutas, de horarios, gastar más, limitar la propia libertad, vivir en alerta constante. Son estrategias que tienen un nombre en psicología: hipervigilancia. Para Marcia Melgarejo, psicóloga social-comunitaria especialista en trabajo con poblaciones vulnerables con enfoque de género, este fenómeno tiene raíces que van mucho más allá del momento del acoso.

“También es importante precisar que no solo se trata de estar atento. Estar atento no es hipervigilancia. Es más, involucra más todo un proceso detrás, también la activación sostenida, el hecho de que es tarde y qué pasará. De manera que todo el día, en un largo transcurso del tiempo, afecta a nuestro sistema nervioso. Incluso cuando no existe peligro inmediato. Una mujer que se encuentra en un estado de acoso constante tiene el mismo nivel de hipervigilancia que personas que han ido a estados de guerra”, explica.

El mismo nivel de hipervigilancia que en contextos de guerra. Esa es la realidad que viven Patricia, Gloria y miles de mujeres cada día en el transporte público de Lima. Y las consecuencias no se quedan solo en lo momentáneo.

“Genera ansiedad crónica porque vives constantemente con el ¿qué va a pasar? ¿Cómo va a suceder mi entorno? También insomnio porque no puedo dormir. No sé qué va a pasar en mi entorno. No sé si mañana va a suceder algún tipo de acoso en el transporte público. Porque somos mujeres, muchas veces trabajamos, entonces tenemos que utilizar el transporte público diario. También agotamiento emocional, irritabilidad por lo mismo del cansancio, por lo mismo del insomnio, por lo mismo del agotamiento”, señala la psicóloga.

Ansiedad crónica. Insomnio, irritabilidad, síntomas similares al estrés postraumático. Pero también hay un costo en lo psicosocial: pérdida de autoestima, reducción de autonomía, limitación para transitar libremente el espacio público. Y un costo económico real.

“No solamente afecta a estas situaciones de alteraciones psicológicas, estados psicosociales como la pérdida de autoestima. Muchas mujeres internalizan eso de que debemos protegernos”, prosigue Melgarejo. “Y para protegernos debemos modificarnos a nosotras mismas. La forma en la que vestimos, la forma en la que caminamos, por dónde caminamos. Voy a tener otras alternativas como ya el transporte privado que vendría a ser los taxis. Tendría que gastar más, tendría que invertir más. Me parece que tengo que trabajar más”, sentencia.

Un problema estructural y normalizado

Pero ¿por qué este problema persiste? ¿Por qué se normaliza hasta el punto de que las víctimas son quienes modifican sus vidas en lugar de los agresores? Vanessa Arias es presidenta de "Paremos el acoso callejero", una organización feminista que desde hace años trabaja en visibilizar y combatir esta forma de violencia de género en los espacios públicos. Para ella el problema no solo es individual, es estructural.

“Esto empezó como un observatorio dentro de la universidad católica. Esta violencia siempre tenía una razón de ser, en su mayoría en mujeres y niñas adolescentes, pero era una violencia invisibilizada, porque la gente no la catalogaba como tal, no como violencia, sino que ya estaba normalizado como que uno sale a la calle en determinado momento y te expones”, recuerda Vanessa.

Normalizado, esa es la palabra clave. El acoso se volvió parte del paisaje urbano, algo que simplemente pasa cuando una mujer sale a la calle. Pero Vanessa y su organización han demostrado que esto no es natural ni inevitable. Es el resultado de un sistema que no fue diseñado pensando en las mujeres.

“Nosotras en el 2022 hicimos un proyecto que se llamó ‘Ciudades que cuidan, en el que justamente analizamos esta mirada de la ciudad, que es una ciudad pensada de forma masculina. No hay espacios para cuidado, no hay baños públicos, no hay ni siquiera paraderos iluminados. En el mismo diseño de la ciudad no se piensa en esa seguridad que tenemos las personas o que deberíamos tener las mujeres para poder transitar”, señala Vanessa.

Una ciudad pensada de forma masculina, sin baños públicos, sin paraderos iluminados, sin espacios de cuidado. Y el transporte público se reflejó más claro en esta desigualdad. Ante esta realidad se han implementado algunas medidas. protocolos en el metropolitano, campañas de concientización, derivación de casos a la Fiscalía. Pero mientras esto ocurre, miles de mujeres como Gloria y Patricia siguen saliendo de sus casas cada mañana, eligiendo ropa, midiendo horarios y presupuestos de seguridad.

El derecho a transitar libremente por la ciudad sigue siendo, para ellas, un privilegio que deben comprar con dinero, tiempo y libertad. Gloria ha aprendido a defenderse. Insulta a sus acosadores, pone su cara ruda y sigue caminando. Pero en el fondo sabe que no debería ser así. “Bueno, ya estoy más grande y los insulto nada más. Me enfrento y los insulto, y como que cuando tú los insultas se paltean”, señala.

Sobrevivir al camino no debería ser una hazaña. Pero en Lima aún se visten pensando en sobrevivir, no en vivir.