2026-06-21 13:18:29 - ARGENTINA
Fue mi primer partido de fútbol. Nunca había ido a un estadio y ni siquiera me interesaba ese deporte, pero por un golpe de suerte terminé viendo a Diego Armando Maradona marcar a Inglaterra dos de los goles más famosos de la historia del fútbol.
Sucedió hace 40 años. El Mundial se estaba jugando en México y todos estábamos emocionados porque la selección, liderada por Hugo Sánchez, había llegado hasta cuartos de final, donde cayó con honores por penaltis frente a la poderosa Alemania Federal.
Aun así, jamás imaginé que vería un partido de la Copa, mucho menos en el histórico Estadio Azteca.
En la mañana del 22 de junio de 1986, mi papá nos llamó para decir que un amigo le había regalado dos boletos que no iba a usar. Todo fue de último momento, pero mi mamá decidió llevarme para que "viviera la experiencia".
Yo tenía 17 años y estaba emocionada, pero no por el fútbol, sino porque era la oportunidad de ver muchos chicos guapos de todas partes del mundo. Me arreglé como si fuera a una fiesta: maquillaje y todo el show. Mi mamá decía que exageraba, pero igual me dejó ir así.
El Estadio Azteca estaba lejísimos, así que salimos temprano. Desde el Periférico se sentía el ambiente: coches con banderas, ventanas abiertas, gente gritándose porras de un auto a otro.
Lo curioso era que todos gritábamos: "¡Viva México!", aunque la selección ya ni estaba en la competencia.
Al llegar, aquello parecía una fiesta gigante. Había chavas (chicas) pintando banderas en las mejillas y enseguida les pedí que me pintaran una. No tengo fotos de ese día y, por supuesto, tampoco había celulares.
Nuestros lugares estaban justo en medio del estadio, lo cual era perfecto porque había gente de todas partes, hablando mil idiomas distintos. Siempre había soñado con viajar y eso lo hacía aún más especial.
Cuando empezó el partido, apenas seguía lo que pasaba en la cancha. Estaba más pendiente de la ola mexicana, del ritmo del público. Además, el primer tiempo terminó 0 a 0.
Pero a los 6 minutos de empezar la segunda parte, todo cambió.
De pronto, el estadio entero se puso de pie. Por un segundo hubo celebración… y enseguida confusión, discusiones, ruido creciendo en distintas direcciones.
Maradona había saltado a pelear un balón elevado junto a Peter Shilton: el arquero inglés fue a rechazarlo con el puño cerrado y el argentino, a atacar con la cabeza... y la mano.
El episodio pasaría a la historia como la "mano de Dios", pero ese día, dentro del estadio, la gente debatía: ¿había sido con la cabeza o con la mano?
Los ingleses protestaban con furia. Los argentinos, mexicanos y latinos a mi alrededor defendían al 10.
En ese entonces todavía estaba muy presente el recuerdo de la guerra de las Malvinas/Falklands, cuando en 1982 los militares argentinos desembarcaron en las islas en reclamo de su soberanía.
Durante los 74 días que duró aquel conflicto, murieron 649 militares argentinos y 255 británicos, además de tres habitantes de las islas.
Por eso, dentro y fuera de la cancha, ese Argentina versus Inglaterra se sentía más que un simple partido de fútbol.
Pero yo estaba lejos aún de ser periodista y comprendía a medias la discusión futbolística y el trasfondo geopolítico, más aún entre tanto caos.
A mi lado, un hombre de traje —seguro escapado de la oficina— me explicó lo deportivo: Maradona golpeó el balón con la mano, pero el árbitro no lo vio y dio por válido el gol.
La discusión fue tan intensa en las gradas que, 4 minutos después, casi nos perdemos el segundo gol.
Y ese es el que realmente se me quedó grabado.
A diferencia del primero, el estadio entero quedó en silencio cuando comenzó la jugada.
Maradona avanzaba con el balón con una precisión casi imposible, esquivando a cuatro jugadores ingleses. El propio Shilton cayó sentado por una finta.
Y luego, de pronto, el balón al fondo de la red. El estadio explotó.
Recuerdo haber pensado: "Por esto la gente ama el fútbol".
Miré alrededor y me sorprendió ver que incluso algunos ingleses lo celebraban. Era imposible no hacerlo.
Años después, Maradona diría la famosa frase: "La pelota no se mancha", que es hasta ahora la mejor forma de explicar esta aparente contradicción sucediendo con apenas unos minutos de diferencia.
Cuando terminó el partido —con la victoria argentina 2 a 1— mi mamá y yo salimos caminando hacia el coche en medio del bullicio, comiendo tacos y fruta con chile y limón.
Años después entendí que había presenciado un episodio histórico. El fútbol nunca terminó de apasionarme, pero ese día se quedó conmigo.
Cuando más tarde viví y trabajé para la BBC como corresponsal en Buenos Aires, la "mano de Dios" era un tema constante, mencionado sobre todo por argentinos frente a mis colegas ingleses.
Pero yo siempre pensé que el verdadero gol inolvidable fue el segundo, casi increíble si no lo hubiera visto con mis propios ojos.
Por eso, antes que la "mano de Dios", yo siempre estoy mucho más dispuesta a presumir que vi el "gol del siglo" en persona.
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