2026-05-21 17:42:42 - ARGENTINA
Hace poco más de un mes, una de las empresas tecnológicas más crípticas e influyentes del mundo publicó en redes sociales una especie de manifiesto en el que, entre otros puntos, afirmaba la obligación de Silicon Valley en “participar en la defensa de la nación” y aseguraba que, a diferencia de Occidente, algunas culturas “permanecen disfuncionales y regresivas”, pero, más aún, indicaba una asociación que adquiere cada vez más un carácter fundamental para comprender la realidad actual.
“La capacidad de las sociedades libres y democráticas para prevalecer requiere algo más que un atractivo moral. Requiere poder duro, y el poder duro en este siglo se construirá sobre software”, dice uno de los puntos que publicó Palantir, la empresa liderada por Alex Karp, que ha hecho contratos multimillonarios con el gobierno del presidente norteamericano, Donald Trump, y que, tras el posteo, muchos calificaron como fiel representante del “tecnofacismo”.
LA NACION habló con Asma Mhalla –doctora en Ciencias Políticas por la Ehess (Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de París) e investigadora becaria en la Universidad de Nueva York (NYU), especialista en geopolítica de la Inteligencia Artificial y las Big Tech– para entender de qué se trata ese término con reminiscencias trágicas y por qué es importante pensar la imbricación entre el Estado y las grandes empresas tecnológicas para entender el presente y, tal vez, futuro.
El viernes 22 de mayo a las 19, Mhalla participará de la conferencia inaugural de la nueva edición de la Noche de las Ideas en el Centro de Experimentación del Teatro Colón, y el sábado 23 a las 17 será parte de la charla “Tecnopolítica. El Gran Hermano te está mirando”, en la que explorará las relaciones entre tecnología, poder y política.
-En su libro Cyberpunk usted califica el sistema occidental de totalitario, incluso fascista. ¿En qué sentido usa esos términos?
-Las dos palabras nombran dos cosas distintas, y yo mantengo esa distinción con cuidado. Fascismo, en mi uso, nombra una forma política: líder carismático, enemigo declarado, movilización ritual, desprecio por el registro parlamentario, una estética de la fuerza. El siglo XX conoció su variante abierta, con milicias en las calles. La versión actual, en cambio, preserva la ceremonia democrática. Hay elecciones, la prensa funciona y los partidos hacen campaña, efectivamente. Dentro de ese teatro preservado, una lógica amigo-enemigo estructura al Poder Ejecutivo, una mitología del outsider llena el discurso y el desprecio por el procedimiento institucional se vuelve un estilo de gobierno. A eso lo llamo fascismo-simulacro. La forma de una democracia-simulacro sobrevive, y esto es cierto, pero la disrupción política se ha desplazado por debajo de ella.
Totalitarismo nombra otra cosa: la saturación de la vida social, perceptiva y cognitiva por un único principio ordenador. Hannah Arendt lo definió como la captura de todo, incluso de la esfera íntima, el aislamiento de los individuos, la propaganda y los rituales de masas. Yo extiendo su intuición al presente, donde la cognición, la percepción, los afectos, la atención, el lenguaje y, en rigor, todas las categorías del pensamiento pasan por infraestructuras de propiedad privada que operan como una tecnología total.
-Palantir, por ejemplo, ha firmado más de 100 contratos con unas quince agencias federales norteamericanas por casi 900 millones de dólares. ¿Qué significa que una empresa privada haya pasado a formar parte de la infraestructura del Estado?
-Si ampliamos el foco, se vuelve evidente que la soberanía ha migrado, en la medida en que el Estado delega su capacidad en una firma privada cuya infraestructura de datos ocupa ahora el lugar donde antes pensaba la administración pública. Palantir ya no puede regularse como una empresa entre otras. Es, a la vez, un actor geopolítico, un actor político y una compañía. Al igual que X, Alphabet, Apple, Microsoft, OpenAI, Anthropic o Meta, son hoy entidades híbridas. La misma arquitectura de software sirve al Pentágono, a las deportaciones del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas norteamericano (ICE, por sus siglas en inglés), a la integración de datos del sistema de salud pública del Reino Unido (NHS, por sus siglas en inglés), a los historiales hospitalarios y a los sistemas de selección de objetivos utilizados en Gaza. Describí esto en Cyberpunk como un BigState, o un Leviatán híbrido de dos cabezas. Una cabeza es performativa y visible: el aparato electo, la conferencia de prensa, la orden ejecutiva. La otra es infraestructural: megacorporaciones privadas, fuera del alcance de los procedimientos democráticos ordinarios.
-Trump otorgó rango militar a ejecutivos de OpenAI, Meta y Palantir, habilitándolos para dirigir programas de armas autónomas y vigilancia fronteriza. ¿Cómo se articula hoy la lógica pública con la corporativa, y qué queda de la lógica democrática?
-Esto significa que el muro categorial entre autoridad corporativa y mando militar ha sido desmantelado definitivamente por decisión ejecutiva. El objetivo de Washington es integrar estructuralmente a Silicon Valley en el aparato estratégico y militar de Estados Unidos. La IA cambió la escala del problema porque es, al mismo tiempo, una tecnología económica, militar, cognitiva y geopolítica. La paradoja es que las democracias liberales se construyeron históricamente sobre la separación entre autoridad pública, poder militar e intereses privados. La lógica democrática presupone que los medios de coerción pasan por canales electos con supervisión civil.
-¿Considerarías que estas empresas tecnológicas se conciben a sí mismas como modeladoras de civilización? ¿Cómo definir la filosofía que las anima?
-Este es el momento doctrinal de una transformación que empezó hace dos décadas, y el velo ha caído. El manifiesto es una confesión. Su filosofía tiene un nombre que ellos mismos reivindican: la Ilustración oscura. La genealogía va del aceleracionismo de Nick Land hasta la mediación política de Peter Thiel y la teología pública de Alex Karp. La doctrina rompe al mismo tiempo con dos arquitecturas. Rompe con la modernidad occidental en su sentido filosófico —la racionalidad ilustrada, la igualdad, la apuesta por el autogobierno colectivo— y rompe con el Estado moderno en su sentido institucional —la función pública, el control parlamentario, la ciudadanía universal, el horizonte público como marco propio de la vida política. No quieren ninguna de las dos cosas.
-¿Qué especificidad tiene la tecnopolítica que describe en nuestro continente? ¿El poder que describe opera igual en todas partes?
-La Argentina es el caso en vivo mientras hablamos, y las fechas importan. Peter Thiel llegó a Buenos Aires el 12 de abril de 2026. Para el 23 de abril ya estaba reunido con el presidente Javier Milei en la Casa Rosada, junto al canciller Pablo Quirno. Compró una mansión en Barrio Parque y planeaba quedarse dos meses. La Argentina parece ser un país prioritario, tanto para sus ideologías como para sus tecnologías. Thiel se ve a sí mismo como un capitalista de riesgo para la política. Su estadía coincidió con un reposicionamiento más amplio. El día anterior a la reunión en la Casa Rosada, Palantir publicó su manifiesto de 22 puntos. El trimestre anterior, Alex Karp había ido a Davos con el mismo mensaje. La geografía de la doctrina se está trazando en tiempo real, y Buenos Aires está dentro de ella. Por otro lado, Javier Milei impulsa una agenda más amplia de seguridad y transformación del Estado basada en la desregulación, la reestructuración de los servicios de inteligencia, el control policial anticipatorio, el control fronterizo y un alineamiento profundo con Estados Unidos e Israel. Al mismo tiempo, en la Argentina se discute la expansión de infraestructuras de datos para seguridad, control migratorio y modernización estatal —exactamente los ámbitos en los que Palantir se especializa. Peter Thiel y Palantir encajan de manera natural en este proyecto porque ofrecen la infraestructura tecnológica para un Estado hipercentralizado, guiado por datos, capaz de vigilancia, predicción y toma de decisiones en tiempo real.
-¿Qué le diría a un usuario común de la tecnología de estas empresas?
-No me gusta la culpabilización inútil del usuario individual. No somos culpables por usar estas herramientas, pero sí somos responsables de usarlas de manera consciente, que es algo distinto. Mi trabajo consiste en proponer un sistema de análisis y ofrecer a los lectores un conjunto de claves de lectura. Lo que está en juego para el usuario, en sentido estricto, va mucho más allá de la privacidad en su acepción jurídica estrecha. Se trata de la percepción, la atención, el lenguaje, las categorías a través de las cuales el mundo aparece como mundo. El antídoto es la realidad: un café, un libro, una caminata, una historia de amor, una cena familiar, una noche con amigos. Ahí está la humanidad y nuestra singularidad. Hay que cultivar ese espacio. Y, además de esa higiene cognitiva cotidiana, tratar la tecnopolítica como un asunto político y no como uno de consumo.
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