Hace muchos años, tantos que a los más veteranos tal vez ya les cueste recordarlo y los más jóvenes quizás no sepan de qué se habla, Argentina había patentado una manera de entender y practicar el fútbol. Se trataba de pensar en el arco de enfrente como prioridad, de respetar la pelota y ponerla contra el piso, de asociarse para progresar en la cancha con pases cortos y de apoyarse en los que más saben. También de no apurarse para buscar el momento de desequilibrar al rival y de hacer valer la gambeta, ese sello diferencial en relación con el por entonces más atlético y menos dúctil fútbol europeo. Desde ya, de trabar fuerte y poner el corazón cuando fuese necesario. A toda esa caja de herramientas la llamamos "la nuestra" y se transformó en una seña de identidad.
La estrepitosa caída en el Mundial de Suecia 1958 fue el primer cachetazo que desvirtuaría esa manera de jugar. Después hubo marchas y contramarchas. En 1973 con Huracán y a partir del año siguiente en la selección, César Luis Menotti intentó el rescate. El salvavidas sirvió mientras duraron los triunfos, pero por diversas circunstancias -económicas, culturales, físicas y hasta tecnológicas-, "la nuestra" fue quedando como un recuerdo, una muestra de una época que se fue, una antigüedad.
Por aquellos tiempos, la España futbolística era reconocida como "la Furia", un apodo que había nacido en los Juegos Olímpicos de Amberes 1920, con un estilo basado en la fuerza y el empuje por sobre el buen trato del balón, del que no lograba despegarse ni le reportaba grandes éxitos. Le costó casi 90 años hacerlo, hasta la primera década de este siglo, y desde entonces lo fue ajustando, perfeccionando y aggiornando.
Quienes hayan seguido la trayectoria de la Roja en esta Copa del Mundo haciéndole más caso a la propuesta futbolística del equipo que al rendimiento ocasional en cada partido (nunca hay que olvidar que los rivales también juegan), seguramente no utilizarían la palabra "furia" para calificar su forma de encarar los encuentros. Y si conservan en la memoria aquellas épocas de juego acompasado y tal vez algo lento que florecía en nuestras canchas, quizás se acordarían de "la nuestra", porque hay mucho de ella en los planteos del primer finalista del Mundial.
El mejor ejemplo, por supuesto, fue la exhibición que brindó para desfigurar a Francia y sacarla de la ruta rumbo al título. Como aquellos equipos argentinos de antaño, el conjunto dirigido por Luis De la Fuente se fija como primer objetivo ser el dueño de la pelota. Para conseguirlo, su funcionamiento parte de un dogma que inmortalizó Luis Pentrelli. Sus jugadores tocan y se van. Es decir, se mueven, para ser otra vez opción de pase para el compañero, atraer una marca o distraer la concentración de un adversario. No lo hacen necesariamente rápido. Más bien al contrario, y a veces exageran hasta provocar cierto aburrimiento en el espectador.
Las redes y los chats se llenaron de comentarios del tipo "me quedé dormido", o "no pasa nada" en varios de los partidos de España en la Copa. En épocas en las que el fútbol se consume en modo "highlights" la ausencia de acontecimientos en las cercanías de los arcos puede confundirse con inacción. Esto suele ocurrir cuando se juega mal; es muy diferente si se trata de un método, de una estrategia. La pretensión de España no es sólo controlar el campo y la pelota sino que se extiende a un dominio psicológico de su rival. La sucesión de pases de banda a banda o de área a área buscan por un lado anestesiar el ritmo para sorprender con una aceleración brusca cuando descubre que el equipo contrario se contagió de su parsimonia. Por el otro, ir frustrando a jugadores que corren detrás de un objeto que les cuesta mucho alcanzar y que, encima, suelen perder enseguida. El resultado, si el trabajo se realiza con la perfección lograda ante Francia, es el agotamiento físico y mental, la desconcentración o el error del adversario, ya sea posicional, como le sucedió a Portugal, o individual como les pasó a Bélgica y a Lucas Digne.
Como corresponde, España mantiene algunas tradiciones de toda la vida. Cuenta con un líder, Rodri, que es faro en el centro de la cancha para tocar y quitar; y con laderos de alto nivel. Fabián Ruiz es el volante mixto que colabora en lo que haga falta; Pedri o Dani Olmo aportan gambetas, giros, paredes o pases filtrados que conectan con los de arriba; Lamine Yamal ensancha el campo por derecha, donde intenta (por ahora con suerte dispar) sacarle el jugo a su habilidad; Álex Baena es la pieza que no atrae las miradas y por eso mismo sorprende cuando aparece trazando diagonales desde la izquierda hacia el centro; y si hace falta, surge Mikel Merino con su capacidad goleadora en los momentos precisos.
Pero también como corresponde a los tiempos que corren, este aparente fútbol vintage está debidamente actualizado. Unai Simón es un arquero que se para en la puerta de su área para salir sin miedo a anticipar a un delantero que rompió el offside y amenaza con enfrentarlo mano a mano. Pedro Porro y Marc Cucurella son laterales profundos que se anotan en las tablas de goleadores y asistidores; los centrales Pau Cubarsí y Aymeric Laporte se complementan en velocidad y firmeza; los delanteros presionan en serio la salida de la primera línea rival, retroceden para ser parte en la circulación de la pelota, o directamente bajan y participan con eficacia en las tareas de recuperación y defensa. Y el conjunto se mueve como un bloque en el que todos avanzan y dan marcha atrás al unísono.
En este aspecto es donde el fútbol de España encuentra puntos en común con el de la Scaloneta, que en definitiva es la heredera natural de "la nuestra". Se parecen en el espíritu ofensivo, en la capacidad técnica de los mediocampistas para hacer circular la pelota y su solidaridad para recuperarla, en la gambeta de Thiago Almada o Julián Álvarez, en el dúo que arman Cristian Romero y Lisandro Martínez, en la proyección de los laterales. También hay diferencias. Una, la más evidente, no necesita presentación y se llama Lionel Messi. Pero al margen de su trascendencia, así como la Argentina de Qatar funcionaba con mayor intensidad y velocidad de acción, la de 2026 tiende a abandonar la presión en campo contrario para esperar en el propio durante largos lapsos. Una concesión a sus rivales que la Roja rara vez ofrece.
"Ningún partido nos da miedo. Todos nos vemos como campeones del mundo", había dicho Yamal antes de ganarle a Mbappé y compañía para alcanzar la final de la Copa. España demostró que esa convicción tenía argumentos sólidos. El principal es esa irrenunciable vocación de jugar como sabe y le gusta. Con ese estilo tan parecido al que en Argentina bautizamos "la nuestra" y que, como todo lo que es valioso, cada tanto alguien rescata para devolverle el lugar que se merece.