Tecnología, sí; celulares, no: así funciona el colegio bonaerense que fue reconocido entre los 10 más innovadores del mundo

2026-07-04 12:17:29 - ARGENTINA

Cuatro alumnos de segundo año hacen un último repaso antes de salir al aire. Uno controla el sonido, otro revisa la grilla y un tercero sigue la transmisión desde una pantalla ubicada frente a la mesa. El profesor observa desde un costado e interviene apenas para una corrección. Alrededor hay caños, ventanillas y asientos laterales: el estudio funciona dentro de un antiguo vagón de subte.

La escena ocurre en Northfield School Campus Puertos, en Escobar. Allí, el streaming forma parte de uno de los espacios electivos de secundaria. Mientras algunos estudiantes eligieron teatro, música, coreografía o escenografía, un grupo decidió que quería aprender cómo se construye un programa. Hoy producen, conducen, preparan entrevistas y operan las cámaras y el sonido.

Hace tres meses que vienen preparándose para este momento. Primero grabaron programas y los revisaron para detectar errores; después modificaron la disposición de las cámaras y ajustaron el formato del estudio. “Entrenar, errar. Que no se frustren. Para mí eso es importante”, resume su docente.

La recorrida de LA NACION comienza allí, en el estudio, pocos días después de que la institución quedara seleccionada entre las diez mejores del mundo en la categoría Innovación, por un modelo educativo basado en investigación, análisis de datos y toma de decisiones sustentadas en evidencia. A medida que avanza el recorrido, el reconocimiento internacional empieza a explicarse a través de escenas cotidianas.

El campus reúne a unos 1260 estudiantes, desde niños de un año en el nivel inicial hasta los últimos años de secundaria. La recorrida comienza por primaria. Los chicos están en recreo y eso permite entrar a las aulas sin interrumpir las clases. No hay filas de pupitres mirando al pizarrón. Las mesas cambian de disposición según la actividad, se agrupan para el trabajo colaborativo y dejan espacios libres para circular. En las paredes predominan producciones realizadas por los propios alumnos.

“Siempre nos preocupamos porque el espacio también eduque”, dice Carla Curto, integrante del equipo directivo. La escuela funciona con jornada extendida, de 8 a 16.30, y la intención es que el aprendizaje no quede limitado a las cuatro paredes del aula.

Esa idea también atraviesa la organización docente. Cada grado tiene tres secciones y las maestras planifican en conjunto. Los alumnos tienen clases en castellano y en inglés, por lo que ambos equipos trabajan articuladamente. “El niño es uno solo. Los adultos tenemos que articular nuestro diálogo”, resume.

Mientras tanto, varias familias recorren una muestra de maquetas realizadas por alumnos de tercer grado durante un proyecto de inglés. Representan distintos ambientes, como el desierto de Atacama o el Sahara, y forman parte de una propuesta de Aprendizaje Basado en Proyectos (ABP). Pero las producciones muestran otra característica del trabajo cotidiano: los grupos no están integrados por una sola división, sino por estudiantes de las tres secciones. “No eligen por el amigo, sino por aquello sobre lo que quieren seguir aprendiendo”, explica una docente.

La posibilidad de elegir aparece desde los primeros años y se amplía a medida que avanza la escolaridad. “En la escuela decimos que enseñamos a elegir. Esa capacidad se construye a lo largo de la trayectoria escolar. Si los chicos llegan a los 17 años sin haber tenido oportunidades para probar, equivocarse o experimentar, resulta mucho más difícil que puedan tomar una decisión sobre qué quieren hacer cuando terminen el colegio”, sostiene Curto.

Los pasillos tampoco funcionan únicamente como lugares de paso. Las paredes y las columnas exhiben proyectos realizados por los alumnos. Uno de esos espacios está dedicado al Mundial. Los resultados de los partidos sirven para trabajar Matemática: tablas de posiciones, fracciones, figuras geométricas y resolución de problemas. Son los propios estudiantes quienes muestran el álbum que prepararon para seguir el torneo y explican cómo esos datos se convierten en actividades de clase.

La misma dinámica aparece en el nivel inicial. Los ambientes cambian según las propuestas y los chicos se mueven entre distintos espacios de juego y aprendizaje. Uno de ellos está ambientado con las cuatro estaciones del año y otro funciona como ágora para los encuentros grupales. Muy cerca, un amplio espacio abierto ocupa el lugar donde antes había un aula. Surgió a partir de un proyecto en el que los alumnos de las tres salas de cinco años se mezclaban para realizar distintas actividades distribuidas en el pasillo. La experiencia creció tanto que la escuela decidió derribar una pared para transformarlo en un nuevo lugar de encuentro.

El cambio de clima se percibe al llegar a secundaria. Durante el recreo, los alumnos ocupan los pasillos, conversan en grupos y entran y salen de las aulas. Junto a una de las paredes, una hilera de lockers guarda mochilas, computadoras y también celulares.

Desde este año, la escuela ha restringido su uso durante la jornada. Solo pueden utilizarse cuando forman parte de una actividad planificada por un docente y, en esos casos, los estudiantes llevan una identificación que indica que están registrando evidencias para un proyecto. Además, comenzaron una prueba piloto con sobres Faraday, donde los teléfonos permanecen guardados y sin señal hasta el final del día.

La decisión surgió después de una serie de investigaciones y encuestas realizadas por la propia red educativa. “Buscamos entender qué nos dicen los datos para tomar mejores decisiones”, explica Curto. Entre los resultados aparecieron altos niveles de ansiedad, muchas horas frente a las pantallas, preocupación por los mensajes que los padres enviaban durante la jornada escolar y una menor interacción entre los alumnos durante los recreos.

El cambio también alcanzó a los adultos. Los preceptores dejaron de comunicarse por grupos de WhatsApp y comenzaron a utilizar handies para coordinarse dentro del colegio. Uno de ellos muestra el equipo que lleva sujeto al cinturón mientras continúa el recorrido. “La comunicación interna era siempre por WhatsApp. Esto cambió muchísimo”, cuenta.

Para Curto, la decisión también implicó revisar los hábitos de los docentes. “El problema también lo teníamos nosotros. Vivíamos con el celular en la mano”, reconoce.

La escena se refleja en los recreos. Los grupos conversan, caminan por el campus o permanecen reunidos en distintos espacios comunes, sin teléfonos de por medio. A pocos metros, el antiguo vagón de subte vuelve a llenarse de movimiento. Los alumnos terminan de preparar el programa que en pocos minutos saldrá en vivo.

El proyecto nació a comienzos del ciclo lectivo y, después de varios meses de ensayos y pruebas, hoy transmite en directo desde un estudio montado en el interior de la antigua formación. “Siempre me gustó mirar streamers y me copaba la idea”, cuenta uno de los estudiantes, que explica que el programa surgió como parte de los espacios electivos de secundaria.

En otra aula, una tutora mantiene una entrevista individual con una alumna como parte del seguimiento de las trayectorias escolares. Más adelante, otro grupo organiza la feria multitemática, donde presentará los proyectos desarrollados durante el primer cuatrimestre, entre ellos un emprendimiento cuyos productos se venderán para financiar el viaje solidario de sexto año.

La tecnología también forma parte de las clases, aunque bajo un criterio diferente al del uso social de los dispositivos. Este año la red comenzó a incorporar inteligencia artificial a partir de un marco pedagógico y ético propio. “No queremos delegar las capacidades cognitivas en la inteligencia artificial”, explica la coordinadora del área de Tecnología.

La propuesta busca que el primer esfuerzo sea siempre del estudiante y que estas herramientas se utilicen para ampliar, revisar o contrastar el trabajo realizado, una decisión que también modificó la forma de evaluar.

El edificio principal del colegio se conecta a través de un camino con la huerta, el mariposario y el aula forestal, espacios donde también se desarrollan proyectos de los distintos niveles y que amplían el aprendizaje más allá del aula.

Para Darío Álvarez Klar, fundador de la Red Educativa Itínere y director ejecutivo de HUB Educación e Innovación, los espacios flexibles, los trayectos electivos, las restricciones al uso del celular y el seguimiento de los estudiantes mediante datos responden a una misma concepción pedagógica.

La historia comenzó en 2009 con la apertura de Northfield School en Escobar. Aquel primer colegio, que tenía 120 alumnos, dio origen a una red integrada hoy por diez instituciones de la Argentina y Uruguay, con más de 7000 estudiantes. “El gran desafío era sostener la identidad del proyecto a medida que crecíamos. Eso solo se logra con equipos de trabajo, políticas compartidas y una cultura de innovación”, afirma.

Para Álvarez Klar, innovar no implica incorporar tecnología por sí sola ni replicar experiencias de otros países, sino revisar permanentemente las prácticas. “Viajamos, visitamos escuelas, recibimos colegas y aprendemos de otras experiencias. Pero no se trata de copiar, sino de preguntarnos qué podemos hacer diferente con nuestra realidad”.

En ese proceso, la medición ocupa un lugar central. Hace más de dos años la red creó un departamento de Data Analytics que procesa información académica, pedagógica, administrativa y de bienestar para transformarla en decisiones concretas. “Muchas veces se piensa que cuando una escuela habla de datos se deshumaniza. Para nosotros ocurre exactamente al revés. Los datos nos ayudan a llegar antes y a tomar mejores decisiones”.

Ese trabajo fue el que la institución presentó este año ante T4 Education, la organización que impulsa los premios World’s Best School. La postulación llegó después de años de participación en redes internacionales de educación. Entre escuelas de 90 países, Northfield School Campus Puertos fue elegida como una de las diez finalistas de la categoría Innovación.

“Fue una enorme alegría, pero el reconocimiento es para toda la red. Lo presentamos desde este colegio porque acá nació el proyecto, aunque hoy es una forma de trabajo compartida por todas las escuelas”, sostiene.

Los datos que acompañaron la presentación muestran parte de ese seguimiento. Durante 2025 fueron evaluados 2449 estudiantes de la Red Educativa Itínere. Según la institución, el 72% de los alumnos de primer grado alcanzó altos niveles de fluidez lectora y más del 70% de los estudiantes, desde segundo grado hasta secundaria, obtuvo niveles suficientes u óptimos en comprensión lectora.

El mismo relevamiento detectó que el 26% presentaba indicadores de uso problemático del teléfono celular, un diagnóstico que derivó en las medidas implementadas este año dentro de las escuelas.

El seguimiento continúa incluso después del egreso. De acuerdo con los datos de la red, el 95% de los estudiantes sigue estudios universitarios, el 78% completa el primer año sin interrupciones y el 65% adquiere experiencia laboral antes de graduarse mediante programas de pasantías.

La medición también alcanza a los equipos docentes. Este año, las diez escuelas de la red obtuvieron la certificación Best School to Work, otorgada por T4 Education tras evaluar el clima laboral y la cultura organizacional mediante encuestas al personal. “Un docente que no está bien transmite eso a sus alumnos. Cuidar el bienestar de los equipos también es mejorar la educación”, afirma Álvarez Klar.

Para el fundador de la red, la nominación internacional es una consecuencia y no un objetivo. “Nosotros no hicimos todo esto pensando en un premio. Lo hacemos porque creemos en una educación que mejore las prácticas y prepare a los chicos para un mundo que todavía no sabemos cómo va a ser. La escuela tradicional respondió muy bien a las necesidades de otra época, pero hoy el contexto cambió y también tienen que cambiar las formas de enseñar”.