Sacrificio de hipopótamos en el Magdalena Medio: el dilema ético y científico que divide a Colombia

2026-04-21 18:29:46 - MUNDO


El anuncio del Ministerio de Ambiente, la semana pasada, de dar vía libre al sacrificio de 80 hipopótamos del Magdalena Medio desató una embestida de reacciones contrarias entre científicos, defensores de los derechos de los animales y habitantes del territorio, quienes llevan años enfrentándose en torno a la suerte de una especie introducida en Colombia por un narcotraficante hace cuarenta años.

Quizá desde los debates sobre la prohibición de las corridas de toros el país no asistía a una controversia que agitara tantas fibras al mismo tiempo: morales, científicas, políticas, emocionales. La suerte del jaguar, del oso de anteojos o del manatí —especies nativas amenazadas— apenas logra convocar una fracción de la atención que despiertan los llamados hipopótamos de Pablo Escobar.

A paso lento y casi silencioso, expandiendo sus dominios en el corazón del país, los hipopótamos han colonizado no solo las aguas del Magdalena Medio, sino también el imaginario colectivo. En cuarenta años, han logrado lo que pocas especies: convertirse en un problema nacional, en una historia compartida, en un símbolo incómodo. Mientras tanto, el planeta ha perdido el 60 por ciento de sus poblaciones animales sin provocar reacciones equivalentes.

El hipopótamo ha dejado de ser un animal para convertirse en una idea, en una “sensibilidad”, cuya expresión contrariada y conflictiva recorre el país. Es el vestigio vivo de una época violenta, la huella biológica de la guerra contra las drogas. Es, al mismo tiempo, una víctima de ese pasado y un potencial victimario del presente. Es un objeto de fascinación global, un protagonista del entretenimiento contemporáneo y una figura recurrente en el arte colombiano.

Como lo ha señalado el curador Santiago Rueda, es uno de los emblemas más potentes de la narcosis moral y ambiental del país. El artista Nadín Ospina fue el primero en incorporarlos a una obra, y lo hizo de forma temprana y premonitoria en su serie Bizarros gourmet de 1993 —el año en que Escobar fue dado de baja—. La descendencia de los cuatro ejemplares introducidos originalmente en la Hacienda Nápoles carga con esa historia. Y la amplifica.

Desde todos los rincones, las voces en contra de su sacrificio se multiplican. En redes sociales, en columnas, en foros. Los científicos —que enfrentan un fenómeno sin precedentes— responden con datos, modelos, estimaciones. Pero también con incertidumbres. Y esa incertidumbre ha sido suficiente para convertirlos en blanco de acusaciones que los sitúan, paradójicamente, del lado de la violencia que buscan evitar.

Un dilema entre causas encontradas

El destino de una población que ronda los 200 individuos, adaptada con éxito a un ecosistema que no le pertenece, se ha convertido en uno de los debates socioambientales más complejos del país.

Desde 2009, cuando la caza de un ejemplar —Pepe— desató una ola de indignación nacional, la discusión ha girado en torno a una pregunta que parece simple pero no lo es: ¿cómo controlar su reproducción sin matarlos?

El movimiento en favor de los derechos de los animales logró frenar la caza y posicionar una ética del cuidado que ha permeado la legislación y la sensibilidad pública. En paralelo, las autoridades ambientales, con recursos escasos y sin referentes internacionales, comenzaron a ensayar respuestas.

Unos pocos biólogos y veterinarios, que nunca pensaron que fueran a entrar en contacto con un hipopótamo en sus vidas, con la ayuda de guardabosques y voluntarios locales, se dedicaron a estudiarlos y contarlos; aprendieron sobre su comportamiento, hábitos y rutinas; y finalmente se atrevieron a cebarlos y capturarlos con la idea de esterilizarlos.

En más de una década lograron apenas una decena de esterilizaciones exitosas. En el camino vieron morir a algunos, atascados en zanjas, ahogados en pantanos, electrocutados con cercas de ganado, accidentados con vehículos, y ayudaron a enterrarlos fuera del alcance de los reflectores mediáticos. Si alguien conoce el peso real de este dilema, son ellos. Y los habitantes de Puerto Triunfo, porque mientras el país discutía, el territorio cambiaba.

El corregimiento de Doradal, antes un lugar de paso, se convirtió en un polo turístico. La Hacienda Nápoles, transformada en parque temático, consolidó una economía alrededor del legado narco. Tras la caída del gran capo y el abandono de sus predios, donde dejó miles de especies exóticas y de hectáreas sin dueño, familias desplazadas por la violencia ocuparon los terrenos en pequeñas parcelas y aprendieron a convivir con los hipopótamos. A esquivarlos. A temerles. A aprovechar su presencia.

El anima se volvió emblema. Figura en esculturas que adornan parques y entradas de casas y en avisos de locales comerciales y de comida rápida. El proceso fue paulatino y sin traumatismos, casi festivo. Hipopótamos y pobladores crecieron juntos, compartiendo el agua de sus tierras, cruzándose de camino a la escuela o al trabajo, reconociéndose a la distancia. Crearon juntos una economía en la que todos ganaban. En ese contexto, la categoría de “especie invasora” pierde sentido. O, al menos, se vuelve discutible.

Pero bajo la superficie de esta amalgama biocultural, latía una sensación extraña, una premonición garcíamarquiana de que en el pueblo algo malo iba a pasar. El crecimiento de la población y su expansión hacia nuevas zonas encendieron alarmas. Hubo ataques a pescadores y vaqueros, accidentes con motos y carros. La convivencia dejó de ser un equilibrio precario para convertirse en un riesgo latente.

En 2024, se hicieron públicos los resultados del mayor estudio científico realizado sobre los hipopótamos en el país, liderado por el Instituto Humboldt y la Universidad Nacional. Los científicos recorrieron más de 1.700 kilómetros lineales a lo largo del río Magdalena y cubrieron un área de más de 150 kilómetros cuadrados de ecosistemas lénticos, ciénagas y jagüeyes, para identificar 12 sitios con presencia de hipopótamos y 159 registros de individuos con observación directa. Los modelos poblacionales estimaron que en pocas décadas, el número superaría los mil ejemplares.

El Gobierno, con los datos en las manos, declaró al hipopótamo oficialmente invasor y formuló un plan de manejo que incluía diferentes acciones: confinamiento, esterilización, traslocación y eutanasia. Se aceleraron las esterilizaciones, pero apenas se han conseguido una veintena desde entonces.

La traslocación depende de acuerdos internacionales que no llegan. Aparte de los costos y de la complejidad logística, una población cerradamente endogámica despierta más dudas que beneplácito en las autoridades extranjeras. El confinamiento es costoso y limitado. Así se llegó al punto actual: la autorización de la eutanasia como medida necesaria. O inevitable.

Voces disonantes en búsqueda de un protocolo común

El proyecto Voces de la Universidad de los Andes convocó esta semana el encuentro “Futuros que nacen del diálogo. Hipopótamos en Colombia: es momento de actualizar la conversación”, que contó con paneles con actores del territorio, defensores de los derechos de los animales, científicos, habitantes del territorio, comunicadores y autoridades nacionales.

Allí el país pareció escucharse a sí mismo en varias frecuencias al mismo tiempo. Una superposición de voces que, aunque partían de un mismo problema —qué hacer con los hipopótamos del Magdalena Medio—, hablaban desde lugares distintos, con lenguajes y urgencias que rara vez coinciden.

De un lado, la ciencia en su estado más honesto: consciente de sus límites. “No trabajamos con verdades absolutas”, se repitió en el panel con científicos, como si fuera necesario recordarlo antes de tomar decisiones irreversibles. Lo que sí hay, insistieron, es una acumulación de evidencia suficientemente sólida: una población en crecimiento acelerado, con tasas reproductivas inusuales, expandiéndose a lo largo de la cuenca del Magdalena. La pregunta, sin embargo, persiste, ¿cuánta certeza necesita una decisión que implica la muerte de un animal?

El Estado habla en términos de protocolos, de comités científicos, de planes de manejo. El hipopótamo es un caso dentro de un problema global: las invasiones biológicas. El riesgo ya fue evaluado con alta confianza y se está materializando en impactos ecológicos y sociales, dice Carolina Castellanos, bióloga del Instituto Humboldt. La decisión de la eutanasia no es aislada, sino parte de un portafolio integral de manejo basado en evidencia, limitaciones reales (diplomáticas, técnicas y financieras) y responsabilidad estatal, dicen Natalia Ramírez, directora de Bosques, Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible.

Para las voces del territorio, el hipopótamo no es una variable en un modelo poblacional ni un caso en la literatura sobre especies invasoras. Es un vecino. Un riesgo, sí, pero también una presencia asumida, integrada a la vida cotidiana y la economía local. “Aquí decir es muy fácil; hay que venir a ver cómo vivimos”, reclama Damaris Luján, presidenta de la Acción Comunal de Estación Pita en Puerto Triunfo. Por su parte, Yamit Díaz, operador turístico de Estación Cocorná, insiste en que el animal ya no es africano, se ha vuelto colombiano y forma parte del paisaje.

Entre estos tres registros —la ciencia, el Estado y la comunidad— se instala una tensión que no es solo técnica, sino profundamente cultural. El hipopótamo como símbolo en disputa. Para unos, es la evidencia de una invasión biológica que amenaza ecosistemas frágiles. Para otros, es una víctima de la historia reciente del país, un residuo vivo del narcotráfico que ahora exige una respuesta ética.

Lo que el encuentro dejó en evidencia es que no hay una solución única. Ni siquiera hay un lenguaje común para discutirla. Pero sí hay, de manera incipiente, un punto de convergencia: la necesidad de construir un protocolo compartido, una forma de decisión que no borre las diferencias, pero que permita actuar a pesar de ellas.

Ese protocolo no puede ser únicamente técnico. Tampoco puede ser exclusivamente ético o comunitario. Tendrá que ser, necesariamente, un ensamblaje. Un sistema capaz de leer el territorio en tiempo real, de traducir la evidencia científica en decisiones comprensibles, de incorporar las voces locales no como anécdota sino como criterio, y de sostener en el tiempo una intervención que no será rápida ni definitiva.

Qué hacer con los hipopótamos sigue siendo un dilema abierto. Pero el encuentro sugiere un desplazamiento importante: tal vez el problema no sea encontrar la decisión correcta, sino construir las condiciones para decidir juntos.

En el fondo, la controversia sobre los hipopótamos del Magdalena Medio es menos una discusión sobre fauna que una prueba sobre la capacidad del país para gestionar sus propios conflictos. Una idea invasora, sí, pero no solo en términos ecológicos. También en la forma en que obliga a confrontar nuestras contradicciones más profundas: entre memoria y futuro, entre conservación y cuidado, entre la urgencia de actuar y la dificultad de ponerse de acuerdo.

Fuente: google.com