2026-02-26 02:32:53 - MUNDO
A lo largo de la historia ha habido momentos en los que un solo acontecimiento ha sido tan significativo que se ha convertido en noticia internacional. Pensemos en la caída del Muro de Berlín en 1989, la disolución de la Unión Soviética en 1991, los atentados terroristas del 11-S o la muerte de Osama bin Laden una década después.
Para México, el asesinato del narcotraficante Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, también conocido como ‘El Mencho’, en una operación de seguridad mexicana en el estado de Jalisco el pasado fin de semana fue sin duda uno de esos momentos. El éxito en la captura del narcotraficante más violento y poderoso de México es posiblemente el mayor logro táctico del país desde que las fuerzas de seguridad recapturaron al infame Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán hace una década.
Sin embargo, en un cruel giro de la ironía, la desaparición de ‘Mencho’ también podría agravar aún más el problema del narcotráfico.
‘Mencho’ era la definición misma de un criminal brutal que no tenía piedad con sus enemigos. Al igual que ‘El Chapo’ antes que él, ‘Mencho’ creció en la pobreza en una zona rural. Emigró a Estados Unidos en la década de 1980, pero fue arrestado tres veces por delitos relacionados con las drogas, encarcelado en una prisión de California durante tres años y deportado a México a principios de la década de 1990. De vuelta en su país natal, se unió a la policía local y rápidamente se asoció con su cuñado Abigael González Valencia, quien era una figura importante en el tráfico de drogas y ascendió en la jerarquía del llamado Cartel del Milenio. Después de que las fuerzas de seguridad mexicanas decapitaran el liderazgo del cártel, ‘Mencho’ tomó cartas en el asunto y creó una nueva facción que se conocería como el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). En pocos años, esta organización criminal comenzó a rivalizar con el Cártel de Sinaloa de ‘El Chapo’, hasta que lo superó después de que la antigua organización de ‘Chapo’ entrara en guerra contra sí misma en 2024.
Como era de esperar, la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum está muy contenta estos días. No solo se ha neutralizado al criminal más peligroso del país, sino que la audaz operación refuerza su argumento de que México está atendiendo las demandas del presidente Donald Trump de actuar de forma más agresiva contra las redes criminales del país. Sheinbaum ha hecho todo lo posible por satisfacer las expectativas de la administración Trump al dar luz verde a una mayor vigilancia aérea de la CIA en las regiones infestadas por los cárteles, permitir la entrada de un pequeño destacamento de asesores militares estadounidenses en el país para realizar maniobras y enviar a más de 90 agentes antidroga de alto rango a Estados Unidos para su enjuiciamiento. Uno de esos agentes no era otro que el hermano de ‘Mencho’. La cooperación entre Estados Unidos y México en operaciones antinarcóticos también se ha reforzado; la Casa Blanca confirmó que Estados Unidos ayudó al ejército mexicano con información de inteligencia durante el intento de captura de ‘Mencho’.
Todo eso son buenas noticias. Sin embargo, es difícil celebrarlo cuando la noticia de la muerte de ‘Mencho’ se vio eclipsada por la rápida, caótica y mortífera represalia del CJNG. Los pistoleros del cártel convirtieron prácticamente una parte importante de México en zonas de guerra, bloqueando autopistas con los restos de vehículos calcinados, incendiando tiendas de conveniencia, obligando a los turistas de la pintoresca ciudad de Puerto Vallarta a permanecer encerrados y sembrando el caos en Guadalajara, una de las ciudades más grandes de México. Al menos 25 soldados mexicanos murieron en la represalia que siguió. La embajada de Estados Unidos en Ciudad de México aconsejó a los estadounidenses que se encontraban en el país que se refugiaran en sus casas.
No es la primera vez que México elimina a un narcotraficante, solo para descubrir poco después que decapitar el liderazgo de un cártel no se traduce automáticamente en el colapso de la organización. E incluso si fuera así, los grupos rivales tratarían de aprovechar la situación llenando el vacío, acaparando una mayor parte del lucrativo tráfico de drogas y creando sus propios imperios. Ahí radica el problema de la mentalidad de la guerra contra las drogas: aunque este enfoque puede proporcionar a los gobiernos victorias que acaparan los titulares y a los políticos algunos beneficios positivos en las encuestas, la sensación de victoria dura solo un breve periodo de tiempo. Con el tiempo, las organizaciones criminales se adaptarán para proteger sus intereses en un mercado de miles de millones de dólares, recurrirán a niveles cada vez mayores de violencia contra el Estado y fracturarán aún más un panorama ya de por sí complicado para los cárteles.
No hay que ir muy lejos para encontrar un ejemplo. Después de que uno de los hijos de ‘El Chapo’ conspirara para secuestrar a Ismael ‘El Mayo’ Zambada, uno de los principales líderes del cártel de Sinaloa, en el verano de 2024, toda la organización se sumió en una guerra civil que continúa hasta hoy. Con su líder detenido, los sicarios de ‘El Mayo’ declararon la guerra a los partidarios de los hijos de ‘El Chapo’ en un intento por vengarse de la traición y fortalecer su propia posición en la organización en general. El resultado ha sido una masacre en el estado de Sinaloa, con miles de muertos, miles más desaparecidos y una violencia que ha alcanzado tales niveles que el Gobierno mexicano parece desesperanzado, por no decir desventurado.
Moraleja de la historia: cuando le cortas la cabeza al pulpo, los tentáculos se vuelven incontrolables.
Es demasiado pronto para predecir si el CJNG caerá en una guerra civil como su rival Sinaloa. Normalmente, uno de los hermanos o hijos de Mencho tomaría el relevo para garantizar una transición fluida, pero todos ellos están encarcelados. Si el Gobierno mexicano fuera inteligente, se prepararía para una situación en la que los lugartenientes de ‘Mencho’ se enfrentaran entre sí con sus armas en un intento por convertirse en el nuevo jefe. En este escenario, el CJNG se fracturaría en facciones más pequeñas y enfrentadas, lo que provocaría niveles aún más obscenos de derramamiento de sangre a medida que los posibles sustitutos intentaran demostrar su valía. Esto sería exactamente lo contrario de lo que Sheinbaum y México necesitan en este momento, especialmente cuando Trump sigue planteando la idea de desplegar al ejército estadounidense para llevar a cabo esa tarea.
La forma en que el Gobierno mexicano afronte este delicado periodo podría determinar si la operación contra ‘El Mencho’ fue un punto de inflexión esperanzador o simplemente un éxito momentáneo.
Daniel DePetris es miembro de Defense Priorities y columnista de asuntos exteriores del Chicago Tribune.
—Traducción por José Luis Sánchez Pando/TCA
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