2026-06-10 11:08:42 - MUNDO
Visto a ras de suelo, el estadio Akron parece una nave espacial posada sobre un volcán cubierto de pasto verde en Zapopan, la capital de Jalisco.
Dentro de unos días, bajo el enorme domo gris que corona la estructura, miles de aficionados llegados de todo el mundo asistirán a partidos de la Copa del Mundo de 2026. Será una de las principales vitrinas con las que México se presentará ante el planeta.
Pero basta alejarse unos cuantos kilómetros del estadio para encontrarse con otra realidad.
A menos de 20 kilómetros de la cancha mundialista se localizaron, a finales del año pasado, algunas de las fosas clandestinas más grandes halladas en el estado y en el país. En la zona de El Mirador I y II, en Zapopan, fueron recuperadas más de 330 bolsas con restos humanos. En Arroyo Hondo se localizaron otras 249. Y en distintos puntos cercanos continuaron apareciendo restos humanos enterrados de manera clandestina.
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En conjunto, se trata de casi 600 bolsas con restos humanos recuperadas en un radio que se puede recorrer en menos de una hora en automóvil desde el estadio.
El contraste es difícil de ignorar.
Por un lado, una ciudad que se prepara a marchas forzadas para recibir a millones de espectadores frente a las pantallas de televisión y a decenas de miles de visitantes extranjeros.
Por otro, Jalisco, el estado con más personas desaparecidas del país: más de 16 mil hombres, mujeres y adolescentes permanecían desaparecidos o no localizados al cierre de 2025. En los últimos cinco años, además, la entidad acumuló 7 mil 261 carpetas de investigación por asesinato.
Entre ambos puntos hay tan solo unos kilómetros de distancia.
Es lunes 1 de junio, 15:45 horas. Bajo un sol corrosivo y temperaturas superiores a los 30 grados, José Raúl Servín García observa el estadio desde el exterior. Va vestido con unas bermudas y con una playera deportiva fucsia. En sus manos sostiene una cartulina con el rostro de su hijo Raúl y el emblema: “Desaparecido”.
La entrevista se realiza a unos metros de las vallas que ya resguardan el Akron.
De manera constante, patrullas artilladas de la Guardia Nacional recorren los alrededores del inmueble. Los soldados mantienen especial atención sobre cualquier persona que intente volar drones cerca de las instalaciones mundialistas. Tres días después del primer recorrido para esta crónica, el jueves, se unirán helicópteros y patrullas locales al operativo de seguridad. Ese día, incluso, tres cazas del Ejército harán maniobras sobrevolando el estadio.
La seguridad es muy visible. Y también reciente.
Apenas unos meses atrás, en febrero, tras el operativo contra Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, integrantes del Cártel Jalisco Nueva Generación desataron pánico con narcobloqueos, quema de vehículos y balaceras. Uno de los muchos inmuebles que atacaron y quemaron fue una gasolinera ubicada muy cerca de donde ahora transcurre la conversación.
Raúl mira hacia el estadio y luego baja la vista. Pertenece al colectivo Desaparecidos Sin Justicia. Está ahí porque busca a su hijo.
A Raúl Servín hijo se lo llevaron el 10 de abril de 2018 en el fraccionamiento Los Cántaros, en Tlajomulco de Zúñiga. Tenía 20 años. Hoy estaría por cumplir 28.
“Han pasado ocho años y no sé dónde está. No sé si está con vida o sin vida”, dice.
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Su voz apenas se altera. Ha repetido esa misma frase miles de veces.
Cuenta que el momento más duro no fue el día de la desaparición, sino dos semanas después. El 26 de abril recibió una llamada en la que le aseguraban que su hijo había sido asesinado. Acudió al Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses para intentar identificarlo. Le pidieron volver al día siguiente. Mientras esperaba, decidió investigar por su cuenta. Fue hasta el fraccionamiento Los Cántaros y ahí descubrió que su hijo no estaba entre las personas fallecidas.
Un supuesto amigo de Raúl le contó que varias personas armadas lo tenían encañonado y arrodillado. Según ese testimonio, Raúl intervino para defenderlo. Entonces se lo llevaron a él. Y no ha vuelto a saber nada.
“Mi vida antes era tranquila. Como cualquier familia teníamos problemas, pero éramos felices. Tenía a todos mis hijos conmigo”, recuerda.
Raúl era un muchacho alegre.
Y le gustaba jugar futbol.
Mucho.
“Jugábamos juntos en varios equipos. Teníamos una relación muy cercana”.
Hace una pausa. Y a continuación, vuelve la mirada hacia el estadio.
La conversación gira inevitablemente hacia el futbol. Se nota que el Akron no es un lugar cualquiera para él. Es uno de los pocos sitios donde todavía puede encontrarse con los recuerdos de su hijo. Mientras habla, vuelve una y otra vez la mirada hacia el estadio. Hay algo en su voz que sugiere que ese enorme inmueble blanco es también una especie de santuario.
“Una vez vinimos juntos a ver un partido de Chivas. Él le iba al Atlas, el otro equipo de Guadalajara, pero quería conocer el Akron”.
No fue la única vez que estuvieron ahí. Padre e hijo trabajaban como meseros. Durante años prestaron servicio juntos en distintos eventos celebrados dentro de esas mismas instalaciones.
“Varias veces trabajamos aquí. También estuvimos en el otro estadio de Guadalajara, pero donde más tiempo convivimos fue en este”.
Raúl vuelve a mirar de soslayo la fachada del inmueble. Algunos transeúntes pasan por la acera y se detienen a fotografiar el reluciente estadio.
“Cada vez que estoy aquí parado se me pone la piel chinita”.
Hace otra pausa silenciosa. Su rostro se emborrona con la sombra del árbol que lo protege del corrosivo sol de las cuatro de la tarde.
“Me duele mucho ver este estadio. Me lastima”.
Recuerda especialmente una jornada de trabajo durante el último partido que Javier “Chicharito” Hernández disputó en Guadalajara antes de emigrar al futbol inglés, al Manchester United, donde logró ser figura.
“Estuvimos trabajando juntos en el Akron. Son cosas que no se me olvidan”.
Por un instante, mira hacia atrás. Hacia aquellos años en los que compartía cancha y jornadas de trabajo con su hijo.
“Yo tuve la dicha de jugar con él durante muchos años”, dice sosteniendo con ambas manos la ficha de búsqueda de Raúl. En la fotografía, su hijo sonríe y mira de frente a la cámara. Lleva una gorra, varios collares alrededor del cuello y el pecho descubierto.
—¿Quién era mejor? —le pregunta uno de los reporteros.
El padre sonríe por primera vez.
“Él”, responde sin dudar.
“Los jóvenes corren más —encoge los hombros para señalar una obviedad—. Uno ya está algo más mayor y juega más parado en la cancha”.
Vuelve a reír.
“Pero él era mejor que yo. Mucho mejor”.
Son las 17:42 horas del 2 de junio en el Centro Histórico de Guadalajara.
Roxana, una joven de 25 años, observa el movimiento de la plaza sentada en una de las bancas de piedra que rodean la enorme Catedral Metropolitana tapatía. Lleva una gorra azul marino de los New York Yankees, los labios pintados de rojo y un top de tirantes. A su alrededor, la ciudad parece acelerar el paso para llegar a tiempo al Mundial.
Se escuchan los taladros perforando el concreto. Los martillos golpean las tarimas de madera. Una grúa municipal eleva a varios trabajadores que recortan las copas de los árboles frente al Ayuntamiento. A unos metros, grupos de turistas se toman fotografías junto al reloj que marca la cuenta regresiva para el Mundial: faltan ocho días, seis horas y seis minutos para el inicio del torneo.
Sobre la fachada colonial del edificio municipal cuelgan enormes lonas de colores. Azul, rosa, verde y naranja. Todas repiten el mismo mensaje: “Guadalajara es mundialista”.
Hay vendedores de nieve, touroperadores que ofrecen viajes a Mazamitla y al lago de Chapala —Tapalpa, el pueblo mágico donde fue abatido “El Mencho”, el líder del Cártel Jalisco, todavía está vetado de las ofertas turísticas, aunque en uno de los recorridos de los reporteros por la ciudad, el Uber lo ofreció asegurando que ya es “un lugar seguro y tranquilo” para visitar—, grupos colegiales de niños y niñas que entran y salen de la Catedral, ciclistas que atraviesan la plaza y decenas de palomas que revolotean alrededor de la fuente coronada por dos leones de piedra.
La tarde está nublada. Los 30 grados de temperatura resultan muy soportables para los estándares tapatíos.
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La escena parece la de una ciudad lista para recibir en breve una gran fiesta.
Pero, igual que ocurre en los alrededores del estadio Akron, basta caminar unos metros para encontrarse con otra Guadalajara.
En los postes pintados de gris oscuro y en los faroles de la Plaza de los Jaliscienses Ilustres hay decenas de fichas de búsqueda pegadas una junto a otra. Rostros de hombres, mujeres y adolescentes desaparecidos observan a quienes pasan rumbo a la Catedral o a fotografiarse con el reloj mundialista.
Algunas fichas están desgastadas por el sol. Otras son recientes.
Y entre ellas empiezan a aparecer unas estampitas que, a primera vista, parecen sacadas de un álbum Panini: tienen fondo verde, un retrato al centro, una playera de la Selección Mexicana. Pero los rostros que aparecen en ellas no son los de futbolistas. No son los de Guillermo Ochoa, Raúl Jiménez o Santiago Giménez, las estrellas del “Tri” para este Mundial.
Son los de personas desaparecidas.
La idea surgió de los colectivos de búsqueda. Héctor Flores, padre buscador e integrante del colectivo Luz de Esperanza, la resumió un día antes, a unas calles de ahí, junto a un transformador eléctrico completamente cubierto con estampitas intervenidas: “no estamos en contra del Mundial. Estamos en contra del olvido”.
Roxana mira ahora en silencio las estampitas y niega ligeramente con la cabeza.
“Creo que gastar tanto dinero en el Mundial es una inversión innecesaria, y en crear esta imagen de que Guadalajara y México están bien, cuando la realidad es que hay mucha violencia y desaparecidos”, dice.
La joven asegura que entiende la emoción que genera el torneo y que no está en contra del futbol, como recalca la mayoría de ciudadanos entrevistados para esta crónica. Lo que le preocupa, como han señalado públicamente los colectivos de madres y padres buscadores, es que la fiesta mundialista se utilice para ocultar una realidad que los habitantes de Jalisco conocen demasiado bien.
“Estamos viviendo una crisis enorme que no se puede tapar nomás con una cortina de humo. No puedes ofrecer un Mundial con seguridad porque mucha gente siente que esa seguridad que tanto presumen los gobiernos no existe”.
Mientras habla, detrás de ella continúan sonando los taladros y los martillos. Los trabajadores siguen montando estructuras metálicas para la pantalla gigante en la que se transmitirán los partidos del Mundial 2026 en una fanzone instalada junto a la Catedral.
Roxana señala los postes cubiertos de fichas de búsqueda.
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“He visto que muchas veces las quitan. Al final son una mala imagen para la ciudad y para el gobierno”, comenta.
No es una percepción aislada. Desde hace años, colectivos de búsqueda denuncian que autoridades municipales y cuadrillas de limpieza retiran en cuestión de horas cientos de fichas de búsqueda de postes, plazas y espacios públicos. Héctor Flores, integrante del colectivo Luz de Esperanza, ha denunciado esa práctica con una frase contundente: “Están desapareciendo a los desaparecidos”.
Roxana vive en Guadalajara y asegura que la convivencia cotidiana con la violencia ha terminado por modificar la manera en que muchos habitantes perciben su propia ciudad más allá del Mundial.
“Ya todo esto se normaliza. No está bien, pero así es. Vas a los antros y ves a ese tipo de personas; sabes quiénes son y lo que representan, y nadie hace nada. Se vuelve algo normal. Invisible a plena luz”.
Según cuenta, la figura del narcotraficante forma parte del paisaje social de una forma que hace años habría resultado impensable.
“Muchos adolescentes tienen como meta convertirse en ‘El Mencho’ o en ‘Los Chapitos’. El narcotráfico ya está demasiado normalizado aquí”.
Tras varios minutos, la conversación deriva inevitablemente hacia los hechos de violencia ocurridos tras el operativo en febrero contra Nemesio Oseguera Cervantes, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación.
Roxana recuerda aquellos días con una mezcla de nerviosismo y enojo.
“Cuando pasó lo de ‘El Mencho’, sí tuve miedo. Muy cerca de donde vivo hubo quema de gasolineras, en la zona de Mariano Otero. Cerraron tiendas, incendiaron negocios y empezaron a circular mensajes diciendo que, si a las nueve de la noche no tenías todo apagado, te iban a quemar la casa”.
Hubo gente que no creyó en las amenazas. “Y sí hubo casas baleadas. También quemaron varios tianguis al día siguiente”.
Hace una pausa.
“Fueron horas de terror”.
Primero, explica, comenzaron a circular rumores de que habían capturado a varios integrantes importantes del grupo criminal y que se negociaba su liberación.
“Uno de ellos, según los rumores, era ‘El Mencho’. Pero cuando empezó a circular la versión de que lo habían abatido, explotó la bomba”.
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La violencia se extendió rápidamente por la capital, la turística Puerto Vallarta y muchos otros municipios y carreteras del estado e, incluso, del país.
“En varios pueblos cerraron carreteras. La de Chapala fue una de las más afectadas, igual que la del aeropuerto. También entraron a hospitales para intimidar al personal de salud. Fue un caos total”.
Durante tres días, ella y su familia se encerraron en casa.
“Hicimos compras de pánico. No había tiendas abiertas. Muchos Oxxo y Seven Eleven habían sido quemados o baleados”.
La imagen que conserva de aquellos días sigue siendo muy nítida.
“Parecía una película de terror. La ciudad se quedó en silencio. No había nadie en las calles, solo ellos. Fueron los amos de la ciudad, literalmente”.
Por eso, cuando escucha a otras personas comparar aquellos hechos con lo ocurrido en Sinaloa durante el llamado “culiacanazo”, asiente.
“Sí, en Guadalajara hubo otro culiacanazo”.
Aunque cree que el tema no recibió la atención que merecía.
“Yo tengo claro que no se habló tanto de esto precisamente por el Mundial. Aquí vivimos un culiacanazo, pero toda la atención se centró en ‘El Mencho’. Como viene el Mundial, no quieren generar miedo ni una sensación de inseguridad entre los visitantes que van a llegar a Jalisco. No les interesa proyectar esa imagen”.
A unos metros de la banca donde está sentada, el reloj sigue descontando los días y las horas para la inauguración del torneo. Roxana observa nuevamente las fichas de búsqueda pegadas en los postes. Insiste que entiende a quienes quieren disfrutar del futbol. Pero también entiende a las familias que pegan fotografías de sus desaparecidos en las calles.
“Es como pasa el 8 de marzo. Se critica a las feministas porque dañan monumentos, pero cuando una mujer sufre una agresión, nadie en el gobierno la escucha. Es una forma de exigir justicia”.
Para ella, con los colectivos de búsqueda ocurre algo parecido.
“Por eso tengo empatía con ellos. Yo reaccionaría igual si me desaparecen a un hijo o incluso peor”.
Luego vuelve al tema que atraviesa toda la conversación.
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“Muchos ciudadanos percibimos que el Mundial es solo una cortina de humo”.
Los colectivos de búsqueda expresan una preocupación similar. No porque rechacen el futbol o el torneo en sí, sino porque temen que la narrativa de celebración vuelva a desplazar a las víctimas y sus historias.
Lo dice mientras detrás de ella continúan los preparativos para la fiesta deportiva más importante del planeta.
Y mientras, frente a la Catedral de Guadalajara, los rostros de cientos de desaparecidos siguen observando a quienes pasan.
“Todos los días desaparecen personas y no podemos dejar de buscarlas por el Mundial. No podemos dejar de nombrarlas”, plantea por su parte Héctor Flores.
“Tengo la sensación de que esto es solo una pausa”, añade Roxana. “Y temo que, cuando termine el Mundial, la violencia vuelva a desatarse por los ajustes internos que puedan venir después de ‘El Mencho’. La violencia en Guadalajara y en Jalisco está muy lejos de terminar.
“Es triste —concluye la joven—, pero después del Mundial vamos a volver a nuestra dura realidad”.
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