Luego de dos horas intensas de gritos, lamentos, celebraciones y porras; de días de tensión que incluyeron mensajes ofensivos en redes digitales, y el resurgimiento del conflicto diplomático entre los gobiernos de México y Ecuador, ecuatorianos y mexicanos terminaron bailando juntos tras el juego entre sus selecciones de futbol en el Mundial 2026.
Lucía Peñafiel, con 43 años de vida en Guayaquil y dos en Ciudad de México, llevó a su amiga mexicana Ana Martínez a que probara la fritada, un guisado tradicional de Ecuador, a un restaurante mientras veían el juego eliminatorio. “Si tengo que arrodillarme ante la bandera mexicana, mejor que sea la de mi amiga”, bromeaba cuando ya había caído el segundo gol de México.
Dos años atrás, cuando la comenzaron a extorsionar en Guayaquil, Lucía vendió su paletería y otros bienes para comenzar de cero en Estados Unidos, pero halló refugio en México, donde quiere pasar el resto de su vida.
Ninguna de las dos es aficionada de cepa al futbol, pero Ana asegura que es un buen pretexto para afianzar la amistad: “es una forma de unirnos, aunque seamos de diferentes países“.
El duelo entre México y Ecuador llegó precedido por una crisis diplomática, la confrontación entre aficionados en redes sociales y el hostigamiento en el hotel de concentración de La Tri, como se conoce a la selección ecuatoriana, por parte de mexicanos que olvidaron que al final es sólo un juego.
“Aquí hay gente muy linda de corazón, como en todos lados. Hay gente ignorante que no piensa antes de hablar, pero esos son minoría. Los mexicanos son más buenos que gente así, hay que ignorarlos nada más”, decía Lucía sobre los episodios de los últimos días.
Ambas amigas fueron a un restaurante del centro de la capital mexicana donde decenas de ecuatorianos fortalecen su comunidad más allá de los 3 mil kilómetros que los separan de su país. La mayoría vestía la camiseta amarilla ecuatoriana. Algunos llevaban trompetas y banderas que agitaban con entusiasmo o usaban para envolverse en medio de la angustia.
—“¡Viva Ecuador, hijueputa!”, soltaba alguno para arengar a sus compatriotas.
Ahí estuvo Renato Valdivieso, dueño de una empresa con cinco variedades de hamburguesas gourmet en México, que dejó su país luego de que lo amenazaran mientras era funcionario público.
“Los ñaños (hermanos, en quechua) somos unidos en México. Como tú puedes observar, aquí hay mexicanos o ecuatorianos celebrando. Como dicen: este es mi país, Ecuador, y México es mi casa”.
Renato se acomoda la cachucha y habla veloz. Asegura que la rivalidad política que resurgió en estos días es culpa del presidente ecuatoriano que ordenó allanar la Embajada de México en 2024, pero también advierte que no estuvo bien que muchos mexicanos hayan molestado a su selección afuera de su hotel en la víspera del juego. Sin embargo, insiste, él tiene muchos amigos en este país del que ya es residente.
“Yo convivo bien con los mexicanos y me gustan las mexicanas”, dice con una sonrisa amplia y forma un corazón con sus manos. Al restaurante también acudió Maikol Villegas, deportado hace ocho meses desde Estados Unidos, donde vivió siete de los 30 años que tiene de vida.
Sólo está de paso en México, porque en dos semanas volverá a intentar llegar a Nueva York. Allá dejó a su hijo, pero asegura que aquí ya hizo amigos. “Aquí me han tratado hermoso. En todo país existe el racismo, hay de todo, pero conmigo muy bien, tengo amigos”.
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Cristian Ceballos, de 32 años de edad, tiene dos años y medio viviendo en Ciudad de México. Dejó su ciudad, Guayaquil, “por motivos personales” que prefiere no detallar. También iba a Estados Unidos, pero decidió quedarse en México.
Con su camiseta amarilla de la selección ecuatoriana, dice que le apena que en medio del Mundial 2026 surjan disputas con tintes políticos. “Esto es un juego en donde todo el mundo se une, donde todo el mundo está viendo el partido entre ecuatorianos y mexicanos”.
Entrelaza sus manos para ayudarse a describir: “somos amigos, somos compañeros, somos hermanos, somos de la misma sangre, vivimos en esta tierra donde todo el mundo quiere progresar (…) También he sufrido, he llorado por mi familia que está en Ecuador, pero cada día que pasa le doy gracias a Dios porque México es un amor, somos familia”.
Ecuatorianos y mexicanos cerraron el triunfo de México con bailes dentro del restaurante “Al sabor de mi tierra”. Se retrataron con playeras de México y la bandera de Ecuador. Cantaron canciones tropicales con fama en toda Latinoamérica. Hasta que a coro, pidieron al DJ un poco de salsa choke, que fusiona la salsa tradicional con reguetón, sonidos electrónicos y ritmos africanos. La fiesta continuó más allá del resultado futbolístico.
Al sur de la ciudad, la tensión se sentía incluso antes del silbatazo inicial. En un pequeño bar latino de la alcaldía Benito Juárez, otro medio centenar de ecuatorianos comenzaron a reunirse varias horas antes del partido. Vestidos con los colores de La Tri, algunos con gorros, trompetas y banderas, llegaron con la ilusión de acompañar a su selección en uno de los partidos más esperados del Mundial, pero también conscientes de que el ambiente alrededor del encuentro era distinto.
Algunos confesaron que, durante el trayecto al bar, les hicieron comentarios por portar ropa alusiva a la selección de Ecuador. Otros preferían bromear mientras buscaban una cerveza y un lugar frente a las pantallas. Todos coincidían en algo: el partido contra México se había convertido en mucho más que un encuentro de futbol.
Los días previos estuvieron marcados por una creciente confrontación entre aficionados de ambos países en redes sociales. La rivalidad deportiva se mezcló con la crisis diplomática que desde 2024 mantiene rotas las relaciones entre México y Ecuador, después de que la policía ecuatoriana irrumpiera en la Embajada de México en Quito para detener al exvicepresidente Jorge Glas, quien había recibido asilo político del gobierno mexicano.
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Natalia lleva casi diez años viviendo en México. Llegó por trabajo y hoy considera al país su hogar. Mientras esperaba el inicio del encuentro, reconocía sentir el corazón dividido, como muchos de los ecuatorianos que han construido una vida en territorio mexicano.
“Tenemos el corazón completamente dividido porque queríamos que los dos continuaran”, explica. Aunque esta tarde apoya a Ecuador, asegura que el cariño que siente por México no ha cambiado. Para ella, la tensión política no representa la relación entre ambos pueblos.
“Nos duele mucho que estemos divididos por decisiones políticas que no son del pueblo. México nos ha dado una casa, oportunidades y mucho cariño. Más allá de eso somos hermanos, somos latinoamericanos“, dice mientras acomoda una bandera ecuatoriana sobre sus hombros.
Entre los asistentes destacaba una pareja imposible de ignorar. Alejandra, mexicana, y Fernando, ecuatoriano, habían pintado sus propias playeras con un corazón dividido: una mitad con los colores de México y la otra con los de Ecuador.
Llevan trece años juntos y decidieron que la mejor forma de vivir el partido era celebrar a ambos países.
“Gane México o gane Ecuador, nosotros ya ganamos“, dicen entre risas. Reconocen que durante el trayecto sintieron cierta presión y algunas burlas dirigidas por la ropa que llevaban, alusiva a su selección, pero prefieren quedarse con otra idea del Mundial.
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“Esto es una fiesta. Al final estamos dejando lo mejor de nuestros países y que gane el mejor”, afirma Fernando antes de abrazar a Alejandra y bromear: “lo que más me gusta de México está aquí a mi lado”.
No todos los asistentes viven en México. María Cristina Rodríguez llegó desde Quito apenas unas horas antes del encuentro. El viaje fue una decisión de último momento: compró boletos de avión y hotel el domingo con la esperanza de conseguir una entrada para el estadio. No lo logró. Los precios eran demasiado altos, así que decidió buscar a la comunidad ecuatoriana para vivir el partido acompañada.
Confiesa que lo que más le sorprendió no fue quedarse sin boleto, sino el ambiente que encontró antes del partido.
“Pensé que iba a haber más camaradería mundialista. Sí sentí un poco de hostilidad hacia nosotros como visitantes”, cuenta. Aun así, decidió dejar atrás esa sensación y concentrarse en disfrutar el Mundial 2026. Después del partido recorrerá la Ciudad de México, una urbe que soñaba conocer.
Cuando el árbitro dio el silbatazo inicial, el pequeño bar estalló en aplausos y cánticos. La emoción, sin embargo, duró apenas unos minutos. El primer gol de México silenció el lugar. Los abrazos, las trompetas y las porras dieron paso a una tensa calma en la que todas las miradas permanecían fijas en las pantallas. El segundo tanto cayó como balde de agua helada. A partir de ese momento, el ambiente dentro de aquella pequeña comunidad ecuatoriana ya no volvió a ser el mismo.
Los minutos finales transcurrieron entre el nerviosismo, los intentos por mantener el ánimo y la resignación. México terminó imponiéndose frente a su gente.
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Cuando sonó el silbatazo final no hubo reclamos ni insultos. Los ecuatorianos reunidos en el bar aplaudieron a la Selección Mexicana y, poco a poco, volvieron a concentrarse en la música, las conversaciones y las bebidas sobre la mesa.
Afuera, la historia era otra. Miles salieron a las calles para celebrar una victoria largamente esperada. Entre cánticos, banderas y caravanas de automóviles, un país entero festejaba haber alcanzado el pase a los octavos de final.
Dentro del pequeño bar, la derrota no rompió el espíritu con el que habían llegado. Entre brindis, abrazos y conversaciones que poco a poco volvieron a alejarse del futbol, la música de Julio Jaramillo sonaba y los ecuatorianos entonaban con pasión y dolor sus melodías.