A las once de la noche, la fiesta ya había alcanzado la Diana Cazadora. La multitud había desbordado desde hacía rato el Paseo de la Reforma y el Ángel de la Independencia —epicentro de la celebración mundialista durante las últimas semanas— y se extendía varios cientos de metros más allá.
Junto al monumento, decenas de aficionados agitaban enormes banderas de México que comenzaban a secarse después de la lluvia que había castigado durante casi todo el martes a la capital. Cada vez que las telas se elevaban por encima de la multitud, miles de gargantas respondían con el mismo grito: “¡Y si sí!! ¡Y si sí!”.
Hacía apenas unos minutos que el árbitro había señalado el final en el Estadio Azteca. México acababa de derrotar 2-0 a Ecuador y de alcanzar, por primera vez en su historia, el quinto partido de una Copa del Mundo. La tormenta que había retrasado el encuentro durante una hora y el conflicto diplomático que durante días marcó la previa entre ambos países habían quedado desplazados bajo una nueva noche de euforia mundialista en las calles de la Ciudad de México.
Sin embargo, la fiesta comenzó a construirse mucho antes del silbatazo final.
Desde horas antes, se percibía que había algo distinto en el ambiente previo a que rodara el balón en el Estadio Ciudad de México.
No era la lluvia, que llevaba buena parte del martes empapando la Ciudad de México y que ya se había convertido en una especie de acompañante habitual de este Mundial 2026. Tampoco era el interminable río de camisetas verdes avanzando por Paseo de la Reforma rumbo a las pantallas gigantes, ni las cornetas, las matracas y los vendedores ambulantes que repetían casi el mismo paisaje de los tres partidos anteriores.
La diferencia estaba unos metros más allá.
Frente al Ángel de la Independencia, y a lo largo de buena parte del corredor que conduce hasta la Diana Cazadora, decenas de patrullas de la policía capitalina permanecían estacionadas desde primeras horas de la tarde. En distintos puntos había agentes antimotines con cascos y escudos, además de ambulancias y unidades del Heroico Cuerpo de Bomberos. Era un despliegue de seguridad mucho más visible que el observado en los encuentros frente a Sudáfrica, Corea o Chequia.
El partido contra Ecuador había llegado acompañado de una tensión distinta. Las relaciones diplomáticas entre ambos países siguen suspendidas desde abril de 2024, cuando fuerzas de seguridad ecuatorianas irrumpieron en la Embajada de México en Quito para detener al exvicepresidente Jorge Glas, quien se encontraba asilado en la sede diplomática. El episodio provocó la ruptura de relaciones decretada por el gobierno mexicano.
Ese clima de tensión se trasladó incluso a las horas previas del encuentro. Durante la madrugada, un grupo de aficionados mexicanos acudió al hotel de concentración de la selección ecuatoriana para intentar interrumpir su descanso con una serenata. El episodio provocó una queja formal de la Federación Ecuatoriana ante la FIFA y alimentó durante todo el día una conversación en redes sociales donde el futbol y la política parecían mezclarse inevitablemente.
Sin embargo, bastaba caminar unos metros sobre Reforma para descubrir que esa mezcla no terminaba de calar en la mayoría de los aficionados.
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Detrás de los filtros policiacos seguía imponiéndose el color verde. Familias enteras caminaban con banderas sobre los hombros. Jóvenes con sombreros de mariachi hacían fila para comprar matracas y cornetas tricolores. Frente al escenario instalado a la altura de El Caballito sonaban cumbias y decenas de personas bailaban bajo un chipichipi que por momentos parecía intensificarse y luego volver a ceder.
De vez en cuando, el bullicio se transformaba en un mismo coro que iba saltando de grupo en grupo por Reforma y que más tarde también retumbaría en el Estadio Ciudad de México: “¡Y si sí! ¡Y si sí!”. El cántico, convertido ya en una especie de grito de guerra de la afición mexicana durante este Mundial, terminaba siempre acompañado por aplausos, matracas y el inevitable “¡México, México!” que recorría la avenida.
El cielo terminó imponiendo una pausa inesperada. Hacia las cinco y media de la tarde el agua arreció con suficiente fuerza para obligar a retrasar una hora el inicio del partido debido al riesgo de tormentas eléctricas. Pero ni siquiera eso consiguió dispersar a la multitud.
Desde las cinco de la tarde comenzó a escucharse por los altavoces que la plancha del Zócalo había alcanzado su capacidad máxima. En Paseo de la Reforma, las pantallas instaladas por el gobierno capitalino permanecían rodeadas de miles de aficionados hasta la Diana Cazadora. Muchos buscaban refugio bajo los árboles; otros preferían seguir empapándose mientras esperaban el silbatazo inicial.
A esa hora resultaba llamativa otra ausencia.
En los partidos anteriores era relativamente sencillo encontrar aficionados rivales mezclados entre la multitud. Esta vez, en cambio, prácticamente no aparecían camisetas amarillas de Ecuador. El único amarillo que destacaba entre la marea verde era el de los impermeables.
Cuando Animal Político preguntó a los asistentes por el conflicto diplomático y por la polémica serenata al hotel ecuatoriano, la respuesta fue casi siempre la misma: hoy la política había quedado en segundo plano.
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“Creo que ir al hotel fue innecesario”, decía Enrique. “Además, ni creo que adentro hayan escuchado nada. Pero también es parte del ambiente y parte de México. Aquí hoy no importa la política, ni las malas relaciones diplomáticas. Hoy sólo importa el futbol, que haya un buen espectáculo deportivo”.
Cristian compartía una opinión parecida, aunque con un tono más festivo.
“Así somos los mexicanos”, decía entre risas y vestido con la omnipresente playera verde del Tri. “Es parte del desmadre. Queremos que se sienta que están jugando en México. Este es nuestro mundial”.
Marco, otro aficionado que aguardaba el comienzo del encuentro bajo la llovizna y cubriéndose con una enorme bandera nacional, tampoco veía el episodio como un asunto político.
“No creo que esté bien”, matizaba. “Pero entiendo que es parte de la pasión por el futbol. Aquí tenemos mucha pasión y es parte de la chispa del futbol. Es una forma de echar relajo y de sacar el estrés que traemos en este país y en esta ciudad. Pero no hay tema con los ecuatorianos. Hoy no se trata de política“.
Pero no toda la conversación que rodeaba al partido giraba alrededor del futbol.
A unas cuantas cuadras del Ángel, en la Glorieta de las y los Desaparecidos, el Mundial servía nuevamente de escenario para recordar otra de las grandes heridas del país. Ahí, justo donde el Gobierno de la Ciudad de México también había instalado pantallas gigantes, familiares de personas desaparecidas y colectivos de búsqueda organizaron una “cascarita por la memoria y contra el olvido”.
Con pintura blanca trazaron sobre el pavimento una improvisada cancha de futbol. En el círculo central escribieron una cifra que contrastaba con el ambiente festivo que poco a poco envolvía Reforma: 135 mil personas desaparecidas. Mientras se pasaban el balón de un lado a otro, lanzaban consignas como “¡México, campeón en desaparición!” y recordaban que, detrás de la fiesta mundialista, el país sigue enfrentando una crisis que no se detiene durante noventa minutos.
Conforme avanzó la tarde, la música que salía de los escenarios instalados sobre Reforma y los gritos de los aficionados comenzaron a envolver la pequeña cancha improvisada. Algunos curiosos se acercaron para observar la protesta e incluso hubo quienes decidieron participar unos minutos en la cascarita.
Al término de la actividad, familiares denunciaron que horas antes, durante otra protesta realizada sobre Calzada de Tlalpan, varios integrantes de colectivos fueron golpeados por policías capitalinos. Además de exigir una investigación sobre la actuación de los agentes, reclamaron una disculpa pública del secretario de Gobierno de la Ciudad de México, César Cravioto, y del secretario de Seguridad Ciudadana, Pablo Vázquez.
Era una imagen que resumía buena parte de este Mundial en la capital: mientras decenas de miles de personas contaban los minutos para ver jugar a la Selección Mexicana, otras aprovechaban precisamente esa concentración masiva para recordar que hay un partido mucho más largo que el país sigue sin ganar.
A varios kilómetros de distancia, una pequeña comunidad de ecuatorianos optó por reunirse en una plaza gastronómica del sur de la capital para seguir el encuentro.
María Cristina Rodríguez, originaria de Quito, había llegado esa misma mañana a la Ciudad de México con la esperanza de conseguir una entrada para el partido. Los precios terminaron frustrando el plan y decidió ver el encuentro junto a otros compatriotas. Reconocía haber percibido un ambiente de cierta hostilidad en las horas previas, aunque confiaba en que todo quedara reducido a la rivalidad deportiva y pudiera disfrutar después de su estancia en México.
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La historia de Alejandra y Fernando ofrecía otra imagen del partido. Ella es mexicana; él, ecuatoriano. Se conocieron hace algunos años en la capital y para el Mundial confeccionaron unas camisetas con las banderas de ambos países. Admitían haber sentido algo de tensión durante el trayecto en Metro, pero insistían en que se trataba del ambiente habitual que rodea un encuentro de estas dimensiones. “Gane quien gane, nosotros también ganamos”, resumían.
Natali Heredia, ecuatoriana que lleva una década viviendo en México, confesaba que el partido le dividía el corazón. Defendía que la tensión entre ambos países respondía a decisiones políticas que no representan a la sociedad ecuatoriana y hablaba con afecto del país que la había recibido. “México ya es mi casa“, decía, “pero uno nunca deja atrás sus raíces”.
Poco después, cuando comenzaron a caer los goles mexicanos en el Estadio Ciudad de México, el ambiente terminó inclinándose definitivamente hacia donde la mayoría de los aficionados había anticipado desde un principio.
A los 31 minutos, cuando México ya ganaba 2-0 y la posibilidad de disputar por primera vez en su historia un quinto partido mundialista comenzaba a sentirse real, la pantalla monumental instalada a los pies del Ángel de la Independencia pasó por momentos a segundo plano.
Muchos seguían el partido con los ojos clavados en la transmisión, pero otros ya bailaban, se abrazaban con desconocidos, eran levantados por los aires o se bañaban entre espuma mientras el grito de “¡México, México!” recorría Reforma.
La celebración se adelantó al silbatazo final. Entre los bolardos del Metrobús, los jardines y los puestos improvisados de playeras, la multitud dejó de ser una suma de desconocidos. No importaba si la camiseta era oficial o comprada minutos antes en alguno de los puestos de la zona: todos cantaban el Himno Nacional, agitaban banderas y repetían la misma idea que resumía Brian, un aficionado de 35 años que había llegado por primera vez a ver un partido a Reforma: “¿cuándo iba yo a vivir algo similar? Nunca. Y luego con triunfo… es un sueño”.
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Cuando el árbitro silbó el final en el estadio, Reforma ya era una fiesta desbordada. Bajo una lluvia de espuma, miles de personas se arremolinaron frente al Ángel de la Independencia para celebrar un triunfo que la afición leyó de inmediato como histórico. Hubo fuegos artificiales, banderas empapadas, cornetas, matracas y vasos levantados en medio de una Ley Seca que, otra vez, no impidió que circularan cervezas, botellas compartidas y termos que nadie parecía creer que realmente fueran de café.
Al fondo, el Ángel volvió a iluminarse entre humo, pirotecnia y banderas. La conversación hacía mucho que dejó de girar alrededor de la diplomacia. Volvió a girar alrededor del futbol y de un grito que se había repetido durante toda la tarde, desde Paseo de la Reforma hasta las tribunas del estadio: “¡Y si sí! ¡Y si sí!”.